26 julio 2009

Marina, o entender varios años despues

Comenzaba el año 1981 y yo acababa de cumplir 13. Mis amigos, la mayoria mayores a mi, estaban muy alineados con lo usual en esos años de estallido hormonal. Yo aun era medio niñato (aunque lo negaba con vehemencia) y preferia refugiarme en Asimov, Verne o cualquier cosa legible que me cayese en las manos antes que aprender a bailar salsa o rondar a las núbiles condiscípulas. Un día descubrí a Ionesco, y en una de las tantas sincronicidades que he vivido, muy poco tiempo despues el liceo decidió formar un grupo de teatro. Para ello contrataron un profesor (cuyo nombre no recuerdo), adulto joven de cetrina y poblada barba, voz atronadora y actitud relajada.

Me entusiasmé sobremanera con las sesiones de aprendizaje teatral, bastante pueriles e invertebradas vistas en perspectiva. Y conocí a Marina (nombre ficticio), a quien curiosamente nunca antes había visto en el liceo. Marina era alta y maciza, nada bella desde el punto de vista tradicional (hasta sombra de bozo tenía), pero interesante en el sentido en que pueden serlo Rossy de Palma o Meryl Streep. Marina estaba en segundo año pero, con 15 cumplidos, era mayor incluso que la mayoría de los que estábamos en tercero, y se destacó desde un inicio en el montaje de la obra que ensayábamos, y en la cual yo tenía un grisáceo y muy corto papel de policía; mientras Marina era, como no, la dama joven; y por tanto ensayaba duro, se quedaba más que cualquier otro en el anfiteatro del liceo y se tomaba en serio su rol.

Estrenamos la obra -mas parecida a una telenovela que a teatro convencional- en la ceremonia del día de la madre de 1981, con poco impacto en el púbico, a pesar de los convincentes llantos de Marina cuando su borracho esposo (representado por un chamo idéntico a Garganta de Lata, el de Condorito) le pegaba y la engañaba, y cuando el malvado policía (este servidor) arrestaba a su joven hijito-desorientado-que-creció-sin-padre en el segundo acto. No obstante, el profesor insistió en presentar de nuevo al obra para fin del año escolar y, dado mi ahinco en los ensayos, concederme el ansiado papel de esposo borracho en esa ocasión; aunque las malas lenguas daban como causa para esto la desaparición en los ensayos del anterior actor, quien llevaba varias asignaturas raspadas y corría el riesgo de perder el año. Marina no solo se destacaba como actriz, sino que colaboraba con el profesor en las prácticas, nos aconsejaba con sapiencia y madurez inusuales para su edad y ejemplificaba todo con su dedicación y entrega.

Un día jubiloso, casi a final del año escolar, nos informaron que el liceo abriría finalmente el ciclo diversificado, y que quienes estábamos en tercer año seríamos la primera promoción de bachilleres del liceo. Así que, feliz y ya liberado de los deberes académicos, comencé a pasear por los pasillos de aquella imponente estructura de medidados de siglo XX. Pasando por la secretaría del liceo, escuché un llanto familiar en su interior, y entré a curiosear. Marina, exangüe, lloraba en serio esta vez. Me acerqué y pregunté torpemente que le pasaba, si podía ayudar, en fin. Marina solo dijo "me duele mucho la cabeza". El gesto de la secretaria me indicó que era mejor marcharme.

Guardé por mucho tiempo ese recuerdo como ejemplo de lo desesperante que puede ser una migraña. E inflamado de alegría por todo el cúmulo de afortunados acontecimientos que se avecinaba, jamás reflexioné sobre el hecho de que nunca más volviese a ver a Marina, como tampoco lo hice sobre la intempestiva marcha del profesor ni sobre la desaparcición del grupo de teatro con lo que, obviamente, la segunda representación de la obra fué suspendida.

Cuando iniciamos cuarto año, el liceo ofreció unas charlas sobre el embarazo precoz y el aborto.

Y hoy, 28 años después, súbitamente entendí todo.




Se ilustra la obra "Muchacha sentada en el cementerio" de Eugene Delacroix, bajada de http://www.wga.hu

2 comentarios:

Sin Anestesia dijo...

Sal,

Tus relatos nostálgicos me remueven muchas cosas por dentro, veo hacia atrás y una sensación agridulce me invade, qué duro es crecer, hay algunos que tienen la fortuna de retardar un poco la adultez, para qué el apuro si para ser viejos y ver la vida cuan cruda es se tiene toda la vida, ¿verdad?

Cuando estaba en 4to de humanidades estudiaba conmigo una chica inteligente y aplicada, recuerdo que se leyó el Quijote completo cuando yo solo alcanzaba los resúmenes, era de esas que intervenía en clase, que se aprendió las declinaciones del latín, no era especialmente simpatiquísima ni el alma de la clase, pero sin duda que era la mejor del grupo.
Un día no vino más, y al otro día me vi con el grupo de compañeras comprando canastilla, mi Marina iba a ser madre. Más nunca supe de ella, sin embargo, he reflexionado mucho sobre su caso, si ese hubiera sido mi colegio, hubiera luchado por mantenerla ahí, porque terminara sus estudios, pienso que una lección así hubiera sido mucho más constructiva que botarla del colegio así no más. en fin... el mundo al revés.

Tuve suerte yo que en ese complicado tránsito hacia la adultez no cai en huecos que desviaran mi camino, entre tanta soledad y aislamiento que rodea a los chicos de esa edad no es difícil tomar el camino equivocado.

Somos sobrevivientes.

Un beso

Sin Anestesia dijo...

Sal,

¿Donde estas?
Cuéntame un cuento.