22 agosto 2009

El Reencuentro

Dedicado a Sin Anestesia

Marlene volvió a mirar el calendario con algo de aprensión, como quien aspira estar equivocado. Pero no. Hoy era el día, 25 de julio, fecha de la reunión para conmemorar el vigésimo aniversario del egreso como bachilleres de Marlene y sus mas de cién compañeros de promoción. Mientras se vestía y preparaba para el evento, elucubraba sobre lo que presenciaría alli. Ya tenía un largo historial referencial de reuniones de ese tipo, en la que abundaban escenas cliché como la condiscípula que seguía siendo hermosísima despues de todo este tiempo, el compañero medio tonto que casi nadie recuerda y de pronto aparece exhibiendo varios PHDs, el que logró fama y fortuna, la que se hizo modelo y viajó desde Milán o Tokio para estar allí, la que se operó las tetas, la papada y las costillas, el coquito que terminó tomando prozac... en fin. Ella, siempre cauta, serena, conservadora y lejana del centro de los acontecimientos, seguiría viendo los toros desde la barrera.

No pudo, claro, expulsar de sus recuerdos a Alexander, quizás la única obsesión (silenciosa, pero obsesión al fin) que se había permitido tener. Ella lo recordaba con su imagen adolescente, sus cabellos desordenados y largos que enmarcaban un atractivo rostro barbilampiño y soñador, su piel y sus músculos con los tonos justos de bronceado y fuerza respectivamente... y su actitud lejana, indiferente, impasible ante los callados ruegos y la discreta persecución. Jamás le dirigió la palabra más allá de la cortesía mínima, jamás le pidió su número de teléfono. Tal vez jamás la miró como mujer, y para el, ella siempre fue la muchachita que estudiaba un año menos en el mismo liceo y que frecuentemente se encontraba por casualidad. Nunca se había sentado a considerar si su actual preferencia por las mujeres (tan poco evidente y subyacente como todo lo que rodeaba su vida) se debía a aquel tácito desprecio de Alexander en su juventud.

Tambien estaba (y aqui Marlene volvió a hacer esa mueca de desagrado que la caracterizaba) Leo Gascón, su gordezuelo condiscípulo que no la dejó en paz desde que coincidieron en primer año. Le pidió empate al menos treinta veces, la seguía como un perro faldero, le obsequiaba golosinas, la ayudaba en los trabajos de biología... siempre con la vana esperanza de empatarse con ella. Pero ¿como podía alguien pararle a un tipo así, lleno de acné, torpe, miope y contador de chistes verdes? La última vez que lo vió, en el paseo de celebración de la graduación, el, llorando, le juró que algún día se vengaría, de algún modo. Patético. Después se fue a estudiar a Brasil y (afortunadamente) nunca más supo de el.

La reunión estuvo bastante convencional. Marlene como siempre, algo distante de los epicentros de abrazos, anécdotas recontadas, intercambio de direcciones de correo y teléfonos y presentación de cónyuges. Gentil pero sin involucrarse, solo cuidándose de no coincidir con Leo Gascón que, en lotananza, estaba haciendo una parodia de un personaje político. Su sempiterna serenidad solo era perturbada por la recurrente mirada sonriente de una atractiva y esbelta mujer que, sentada sola, parecía ajena y a la vez participe de todo el barullo. Marlene se sintió de algún modo atraida magnéticamente por la quieta energía que emanaba de esa bella dama, por su innata elegancia y su actitud positiva. Fue inevitable sucumbir a la tentación de acercarse e iniciar una charla intrascendente.

Así, dialogando sobre diversos temas, la beldad le comentó que estaba allí esperando a que su marido terminase de divertirse y que, aunque estaba algo aburrida, para ella era suficiente saber que su amado esposo la estaba pasando bien para ella sentirse feliz. Iba a preguntar quien era el afortunado receptor de tan intenso sentimiento, pero no hizo falta. Un sonoro "¡Marlene!" la hizo voltear para encontrarse cara a cara con un cambiado (pero reconocible) Leo Gascón, que luego de saludarla con cariño filial, se arrellanó junto a su costilla a hacerse mimos mutuamente y, sin pretenderlo (o tal vez si) enrostrale tácitamente cuan feliz era junto a esa especie de versión mejorada de ella misma. Así que la charla derivó por los vericuetos de los recuerdos adolescentes, de los cuales Nina (así llamo Leo a su mujer) parecía estar enterada, no cabe duda, gracias a la elocuente verborrea y prodigiosa memoria de Leo. Marlene trató de eludir el tema de la promesa de venganza de Leo, pero el mismo se encargó de rescatarlo, dramatizarlo y burlarse de si mismo, ante las sonoras carcajadas de Nina y, mal que le pese, de ella misma.

Nina y Marlene intercambiaron teléfonos, Marlene dejó de considerar a Leo como un fastidio ambulante, y comenzaron a frecuentarse los tres, aunque se mostraba algo insegura acerca de si era pertinente tratar de seducir a Nina.

Algún tiempo después, Nina le contó a Marlene como conquistó a Leo: Se fue a Brasil tras su pista, ya que desde siempre estuvo enamorada de el y le seguía. Allí, a sabiendas del irreductible gusto de Leo por las mujeres, decidió cambiar su sexo y pasar a llamarse Nina en lugar de Alexander.

La imagen es un carboncillo del virtuoso artista Joaquin Morales, tomada (sin permiso) de su blog http://dibujosjoaquinmorales.blogspot.com/

1 comentario:

Sin Anestesia dijo...

OH MY GOD!!!!!!!!!!!!!! Coñóoooooó! Ese giro al final no me lo esperaba, ¡qué bueno esta, Sal!

Gracias por la dedicatoria, de verdad que tus relatos son divinos.

Un beso!