16 febrero 2010

La vendedora de Rosas

"Sus ojeras maquilladas son azules como el alba"
Mari Trini

Aquel martes de carnaval era domingo para nosotros. Rendíamos hebdomadario homenaje a las últimas horas nocturnas de ocio, antes de sumirnos en la vorágine del sueño, que alistaría nuestras mentes para los exigentes compromisos laborales de la semana. Luego, en ciclo invariable, los viernes en la noche significaban cena fuera y cerveza, los sábados paseos y rumba, los domingos holganza diurna y amena conversa crepuscular entre tragos en el lugar de siempre, un barcito que permanecía idéntico desde hacia 20 años o mas, famoso por sus cocteles y por ser vitrina del "who's who" en la provinciana ciudad de mi juventud.

El lugar de marras comprimía eficientemente decenas de clichés en 300 m2: Las sifrinitas cocoseco que tomaban fruit punch y reían nerviosamente, los galanes otoñales que batían furiosamente su escasa melena, buscando impresionar a las antedichas con sus camionetas del año y su olor a perfume de moda, los grupos de amigos de toda la vida que se daban soporte mutuamente e inventaban artilugios para soslayar la gris y aburrida vida que le esperaba en casa a cada uno de ellos... en fin.

Y un dia llego la vendedora de rosas. Aparatosa, demasiado grande para su minúsculo vestido barato con pretensiones, notoriamente incómoda en su rol de interruptora de la dinámica conversacional, pero resultamente resignada a su antipático deber de colocar en las narices de los caballeros un ramito conformado por una rosa hipertrofiada y algunas hojas verdes mientras preguntaba, ausente ¿rosas para la dama?

Nunca la vi vender ningún bouquet, y en el fondo de mi alma (y sin dejar nunca traslucir este sentimiento en lo más mínimo) eso me estrujaba el corazón. La imaginaba protagonizando una vida deliafiallesca, madre amorosa y necesitada de sacar adelante a sus hijos de un padre ausente y de ingrato recuerdo, víctima y victimaria de su propia versión de la una peste negra del corazón, negada al amor que ella misma catalizaba a través de sus rosas, que serían compradas por calculadores caballeros para llevar al tálamo a crédulas jovenzuelas cuyas vidas serían en lo sucesivo tan desgraciadas y miserables como la de la abandonada vendedora.

Reafirmé esta creencia al mirar un día al fondo de sus ojos ambarinos e inyectados en sangre, bordeados de ojeras y minúsculas arrugas. Y solo vi tristeza, dolor, angustia y huellas de un resentimiento antiguo, que había terminado por disolverse ante la anomia de la rutina y de la anemia emocional, el desgaste de la madurez y la incredulidad del que ha sido vapuleado una y otra vez por las injusticias de la vida.

Nadie se fijaba en la vendedora de rosas hasta ese martes cuando, habiendo cumplido su periplo de fracasos en el intento de vender los ramos, fue blanco fácil para unos tardíos jugadores de carnaval, que cachetearon su cara y lo que quedaba de su ánimo con sendas bombas de agua que dieron forma grotesca a su paleta de maquillaje e impidieron distinguir las lágrimas de rabia e indignación del inesperado chapuzón facial de agua (afortunadamente limpia) con que habían sido llenados los proyectiles. El público observaba boquiabierto a la agredida, y esperaba alguna reacción de la misma que rompiese la continuidad de su usual estoicismo.

Pero no. La vendedora se limitó a limpiarse la cara espasmódicamnete, deformando aún más la sonrisa de guasón de su labial corrido, recoger los ramos que habían caido al pavimento, y caminar con el paso obstinado de siempre hacia su próximo e ignoto punto de venta, mientras sus tacones temblaban entre los guijarros de la calle en reparación y gruesas gotas de rimmel caían sobre los pétalos confiriéndoles un aspecto surrealista.

Hubiese querido correr hasta la vendedora de rosas, ofrecerle mi brazo, acompañarla en sus labores, musitar algunas palabras de aliento, comprarle su mustio cargamento de vacuos sueños floridos... y allí me quedé, soñando con un mundo altruista en el que no existían las vendedoras de rosas, ni tampoco los mendigos, los hampones, los tiranos, los opresores, las injusticias, los aprovechadores, los abusadores, los niños de la calle, los...

- Mira mijo, ¿te vas a quedar boquiabierto como un pendejo toda la noche? Saca la cartera pues, que hay que pagar la cuenta!

El terrenal llamado de una compañera de salida me hizo volver a la realidad, separándome del todo de aquellos sueños idealistas.

Y nunca más ví a la vendedora de rosas.

P.D. Buscando una imagen para este post, me topé con la existencia de un filme Colombiano llamado "La Vendedora de Rosas", que supongo jamás será exhibido aqui, para no robarle espacio a "Rocky XXVIII" o "Soldado Universal 35: El Enésimo Retorno". Por lo que leí en las sinposis, está muy bien hecho y trata sobre una realidad cercana a lo aqui narrado. Ojalá pueda verlo.

1 comentario:

Sin Anestesia dijo...

Ay Sal, siempre me tocas el alma con tu capacidad de ver más allá, qué vaina! a veces quisiera ser de teflón para que me resbalara la tragedia ajena.

Te voy a contar algo, en el 2005 hice un viaje a un paraje muy muy lejano, muy bello, un lugar que por siglos estuvo perdido para la humanidad, hoy es visitada por miles de turistas al año y por supuesto, pululan los vende tutis que quieren meterte por los ojos cualquier piedra esculpida, cualquier chapita pintada, cualquier cosa. El asunto es que se me acercó una niña bellísima que no tendría más de 10 años, con su carita llena de tierra, haciendo todos los malabarismos posibles para venderme un collar, al fin se lo terminé comprando y luego que se fue, me dio un ataque de llanto, lloré mis culpas y las de la humanidad, no sé qué fibra me tocó esa criatura, pero lo cierto es que lloré largo rato sin parar...
Supongo que en esos ojitos vi el drama de la gente que vive con tan poco, que luchan desde pequeños por sobrevivir, supongo que vi muchas cosas tristes de ella, y quien sabe si de mi misma en otro tiempo...
En fin, que se llora y también se goza, hay que tomarlo así...
Somos unos sentimentales.

Besos, Sal