
A veces el espacio urbano público en las ciudades latinoamericanas parece tener pocos dolientes, por eso me extrañó encontrar dos artículos sobre el tema en la prensa caraqueña de hoy. Parte del depauperado y moribundo espacio urbano de Caracas será remozado con murales en los que, al menos de palabra, la alcaldía metropolitana promete “libertad creativa plena para los autores”; aunque luego (¿Por qué no me extraña?) surge cual Alien el resentimiento en el discurso: “Estamos obligados a asumir un paradigma […] sobre las formas de ocupación del espacio urbano que tienen que ver con ciudades construidas sobre una base de exclusión y de acumulación de la renta”. Para el lector desprevenido, este falso silogismo conduce a pensar que el desastroso estado del espacio urbano caraqueño se debe al capitalismo salvaje, la oligarquía o cualquiera de los chivos expiatorios del régimen.
Pues no. Justamente, el urbanismo contemporáneo se origina como respuesta a la revolución industrial (eso SI fue una revolución) y sería inconcebible imaginar una ciudad organizada sin criterios de segmentación (que el lenguaje resentido transforma en “exclusión”) y sin valorar la tierra. Sería un ente homogéneo, aburrido, casi bidimensional, como lo fueron casi todos los ensanches urbanos y ciudades dormitorio de la Europa comunista.
Aplaudo la idea de los murales, aunque no me da muy buena espina el título de uno de los primeros murales propuestos “Los decires y los haceres de la revolución”, de Luis Chacón. Ojalá este título nazca de la autenticidad del sistema de creencias de Chacón y no de un abierto o solapado estímulo oficial a que la iniciativa cante las loas del régimen.
Por otra parte, no estaría mal recuperar las obras de arte urbano cuya destrucción ha sido ignorada e incluso auspiciada por el régimen, como la esfera “Homenaje as Caracas” de Soto, el “Abra Solar” y la “Torre Solar” de Otero y muchos otros, siendo el ejemplo más patético la escultura “Cristóbal Colón del Golfo Triste” de Rafael de Lacova, destruida por una poblada ignorante luego de una infeliz alocución presidencial condenando el descubrimiento de América más de 500 años después (que vaina, la culpa siempre es del gobierno anterior, pero… ¿500 años?)
Y claro, la respuesta de los murales deja intacto el problema fundamental de esta ciudad: La metástasis del comercio informal que devora y destruye los espacios urbanos y a cambio devuelve toneladas de basura, olores pestilentes, lamentables cuadros de escoria humana, incomodidad para el peatón y pantagruélica inseguridad.
Es como maquillar a un leproso para que no se vean sus cicatrices. Cosa si se quiere válida, siempre que se administre en paralelo un tratamiento curativo. Pero de eso, en el tema del espacio urbano caraqueño, nada de nada.
Hay tanto que aprender de Dubai…