
En la dicotomía "Al que madruga Dios lo ayuda" (que justifica el despertar tempranero) versus "No por mucho madrugar amanece mas temprano" (que justifica a los de biorritmo tardio) uno tiende a imaginarse que el levantarse temprano es para personas mas bien rurales, pobretonas, anónimas y de personalidad chata, que trabajan todo el día y cuya vida transcurre en medio de rutinas grisáceas; mientras que el iniciar el dia tardíamente se reserva a aquellos quienes el glamour les brota por los poros, que no estan esclavizados por un horario y cuyas vidas son interesantes, por lo opulentas o descarriadas. Al menos eso es lo que una imagina al ver esas novelas o peliculas en las que la protagonista se levanta, digamos a las 12 del mediodia, y su ejercito de mucamas la espera expectante mientras baja las escaleras helicoidales con una brillante bata de saten y se dirije a que le sirvan su desayuno de media toronja en una copa (que nunca come pues antes del primer mordisco se suscita algun desaguisado); o al contemplar esos filmes o leer esos relatos en los que un despertar tardio conduce a una serie de eventos interesantisimos, rocambolescos o hermosos.
En eso pensaba yo aquel sabado en el que decidi probar ese tan alabado placer de quedarse una hora mas arrellanado entre las sábanas. Así que aquel día mi jornada inicio a las 7 a.m. en lugar de las 6 a.m. y yo, ingenuo, imaginaba que mi dia estaria lleno de imágenes bucólicas, de robustos perros juguetones, de fresco viento sobre mi cara, de café y de tertulias. Nada más alejado de la realidad, como relataré a continuación. Esa hora de mas en cama me salió carísima, lo cual prueba que jamás llevaré una vida protagónica, de esas en las que pararse tarde da cancha, concha y caché. (De todos modos, no me gusta desayunar con toronja sino con huevos fritos con chorizo, y ni hablar de las batas de satén, si yo duermo en pelota).
Llegar al consultorio de la odontóloga a las 9 en lugar de a las 8 ocasiono que tuviese 6 personas por delante. Con paciencia me hice a la idea y empece a explorar las revistas del consultorio en búsqueda de algo interesante. Las alternativas variaban desde un magazine inspirado en Victoria Beckham (de hecho, asi se llamaba) repleto de consejos pare eliminar la celulitis y las patas de gallo y publicidad sobre clinicas esteticas y boutiques de moda en Buenos Aires, hasta una revista llamada curiosamente "Philadelphia" dedicada a la mujer evangélica, con artículos tan poco útiles para mi como un análisis sobre el largo de la falda que la ejecutiva cristiana (los evangélicos se creen dueños del cristianismo) debe utilizar para seguir dando la impresión de mujer exitosa sin reñir con los cánones morales de la religión en cuestión.
A todas estas, mientras esperaba y trataba de encontrar algo interesante para leer, noté que el TV del consultorio estaba sintonizado en un anodino canal, no recuerdo si el del clima o el de la bolsa de valores; y una niña pequeña corria por todo el consultorio, salpicando a todo y a todos con su botella de refresco de naranja en el cual la criatura se complacia en sorber y luego regurgitar, de manera que el contenido era una suerte de babaza amarillenta. Hasta aqui, el dia prometia ser simplemente aburrido. Pero dos cosas que ocurrieron casi simultaneamente y tornaron el fastidio simple en kafkianismo puro: La niña de marras paso a consulta y la asistenta del consultorio sintonizo un canal dedicado a transmitir videos de reguetón.
Justo en el momento en que encontré un artículo semi interesante que me absorbió, escuché un sonido que bajo ningún concepto podía tener origen terrestre. Una suerte de ulular acompañado de un zumbido que me hizo creer que había comenzado la invasión alienígena, siendo el zumbido el sonido de las aeronaves, y el ulular el lenguaje de la raza extraterrestre que venía, por lo agresivo del sonido, en son de guerra. Mi ilusión de aventura duró poco. Caí en cuenta que el zumbido era el taladro de la odontóloga, y el ulular salía de la garganta de la aterrorizada criatura que pocos minutos antes habia esparcido su mix de baba y gaseosa de naranja por la sala de espera. La madre, entre tanto, pensando que el auditorio estaba ansioso por oir los chillidos de su retoño, se encargo de dejar la puerta de la sala de torturas, es decir, del consultorio abierta y de poner en relieve sus excelentes dotes de traductora e intérprete del lenguaje de alaridos infantiles. Sucesiones de gritos que a mis oidos sonaban exactamente iguales, eran interpretadas de modo muy diverso por la madre. Ejemplificare 3 casos:
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
Si hijita, yo se que te duele, paciencia
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
No bebé, todavía no nos vamos, falta un poquito si?
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
Realmente, yo tampoco considero acertada la exégesis positivista de la coyuntura macroeconómica global, hija.
Todo esto iba adobado por las repetitivas notas del regueton, y frases tan constructivas como "Esta noche vo' a tocarte to'a" o "Guerla, vamo' a perreal tunai".
Muy pocas veces como ese dia desee hallarme en otro tiempo y en otro lugar, huir de las martirizantes sillas, los horripilantes sonidos, las caras petreas de mis acompañantes que hacian parecer expresivas las facciones de los Moai de la Isla de Pascua... quise ser Di Caprio en "El Talentoso Sr. Ripley", Rip Van Winkle en la historia homónima, o Da'an en "Tierra: Conflicto Final"... o al menos ser yo mismo en una tarde ventosa y paramera, con el solo sonido del susurro de las hojas y el arrullo de algunas aves.
Luego de una hora que parecio interminable, el chirriar de la criatura (que por lo visto, a sus 4 años ya tenia una buena cantidad de piezas dentales carcomidas por el neguijón) comenzó a ceder, dejando el protagonismo del surrealismo a los reguetoneros, alternando con esos castrati tropicales que cantan temas edipicos, tan exitosos hoy en dia entre los estratos "populares". A partir de allí, el trauma psicológico que sufrí me obligó a concentrar toda mi fuerza moral en la tarea de llegar incólume a mi turno, para afrontar con entereza el reto del taladro y la sensación de aguja de hielo que atraviesa los dientes. Vine saliendo del consultorio a las 3 p.m. moral y físicamente derruido, soñando con una tarde de holganza y placer. Pero no. La cruel realidad una vez mas imponía su ley. Había que hacer mercado!
Me deja noqueado el sólo recordar ese crucial momento en el que me enteré que el patrón de actividades diseñado para ese dia y la escasez de pitanza en el refrigerador obligaban a emprender esa espeluznante tarea, de modo que.... continuará. Hablaré de la experiencia en el mercado y mi aversión al mismo en el próximo post.