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08 marzo 2009

1 Hora de sueño / Un sabado surrealista (parte 1)

En la dicotomía "Al que madruga Dios lo ayuda" (que justifica el despertar tempranero) versus "No por mucho madrugar amanece mas temprano" (que justifica a los de biorritmo tardio) uno tiende a imaginarse que el levantarse temprano es para personas mas bien rurales, pobretonas, anónimas y de personalidad chata, que trabajan todo el día y cuya vida transcurre en medio de rutinas grisáceas; mientras que el iniciar el dia tardíamente se reserva a aquellos quienes el glamour les brota por los poros, que no estan esclavizados por un horario y cuyas vidas son interesantes, por lo opulentas o descarriadas. Al menos eso es lo que una imagina al ver esas novelas o peliculas en las que la protagonista se levanta, digamos a las 12 del mediodia, y su ejercito de mucamas la espera expectante mientras baja las escaleras helicoidales con una brillante bata de saten y se dirije a que le sirvan su desayuno de media toronja en una copa (que nunca come pues antes del primer mordisco se suscita algun desaguisado); o al contemplar esos filmes o leer esos relatos en los que un despertar tardio conduce a una serie de eventos interesantisimos, rocambolescos o hermosos.
En eso pensaba yo aquel sabado en el que decidi probar ese tan alabado placer de quedarse una hora mas arrellanado entre las sábanas. Así que aquel día mi jornada inicio a las 7 a.m. en lugar de las 6 a.m. y yo, ingenuo, imaginaba que mi dia estaria lleno de imágenes bucólicas, de robustos perros juguetones, de fresco viento sobre mi cara, de café y de tertulias. Nada más alejado de la realidad, como relataré a continuación. Esa hora de mas en cama me salió carísima, lo cual prueba que jamás llevaré una vida protagónica, de esas en las que pararse tarde da cancha, concha y caché. (De todos modos, no me gusta desayunar con toronja sino con huevos fritos con chorizo, y ni hablar de las batas de satén, si yo duermo en pelota).
Llegar al consultorio de la odontóloga a las 9 en lugar de a las 8 ocasiono que tuviese 6 personas por delante. Con paciencia me hice a la idea y empece a explorar las revistas del consultorio en búsqueda de algo interesante. Las alternativas variaban desde un magazine inspirado en Victoria Beckham (de hecho, asi se llamaba) repleto de consejos pare eliminar la celulitis y las patas de gallo y publicidad sobre clinicas esteticas y boutiques de moda en Buenos Aires, hasta una revista llamada curiosamente "Philadelphia" dedicada a la mujer evangélica, con artículos tan poco útiles para mi como un análisis sobre el largo de la falda que la ejecutiva cristiana (los evangélicos se creen dueños del cristianismo) debe utilizar para seguir dando la impresión de mujer exitosa sin reñir con los cánones morales de la religión en cuestión.
A todas estas, mientras esperaba y trataba de encontrar algo interesante para leer, noté que el TV del consultorio estaba sintonizado en un anodino canal, no recuerdo si el del clima o el de la bolsa de valores; y una niña pequeña corria por todo el consultorio, salpicando a todo y a todos con su botella de refresco de naranja en el cual la criatura se complacia en sorber y luego regurgitar, de manera que el contenido era una suerte de babaza amarillenta. Hasta aqui, el dia prometia ser simplemente aburrido. Pero dos cosas que ocurrieron casi simultaneamente y tornaron el fastidio simple en kafkianismo puro: La niña de marras paso a consulta y la asistenta del consultorio sintonizo un canal dedicado a transmitir videos de reguetón.
Justo en el momento en que encontré un artículo semi interesante que me absorbió, escuché un sonido que bajo ningún concepto podía tener origen terrestre. Una suerte de ulular acompañado de un zumbido que me hizo creer que había comenzado la invasión alienígena, siendo el zumbido el sonido de las aeronaves, y el ulular el lenguaje de la raza extraterrestre que venía, por lo agresivo del sonido, en son de guerra. Mi ilusión de aventura duró poco. Caí en cuenta que el zumbido era el taladro de la odontóloga, y el ulular salía de la garganta de la aterrorizada criatura que pocos minutos antes habia esparcido su mix de baba y gaseosa de naranja por la sala de espera. La madre, entre tanto, pensando que el auditorio estaba ansioso por oir los chillidos de su retoño, se encargo de dejar la puerta de la sala de torturas, es decir, del consultorio abierta y de poner en relieve sus excelentes dotes de traductora e intérprete del lenguaje de alaridos infantiles. Sucesiones de gritos que a mis oidos sonaban exactamente iguales, eran interpretadas de modo muy diverso por la madre. Ejemplificare 3 casos:
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
Si hijita, yo se que te duele, paciencia
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
No bebé, todavía no nos vamos, falta un poquito si?
aaaaAAAAAIIIIIAAAAAaaaaLELELELELElele...le...le....uuuuuUUUUUUUUUAAAAA!!!!!
Realmente, yo tampoco considero acertada la exégesis positivista de la coyuntura macroeconómica global, hija.
Todo esto iba adobado por las repetitivas notas del regueton, y frases tan constructivas como "Esta noche vo' a tocarte to'a" o "Guerla, vamo' a perreal tunai".
Muy pocas veces como ese dia desee hallarme en otro tiempo y en otro lugar, huir de las martirizantes sillas, los horripilantes sonidos, las caras petreas de mis acompañantes que hacian parecer expresivas las facciones de los Moai de la Isla de Pascua... quise ser Di Caprio en "El Talentoso Sr. Ripley", Rip Van Winkle en la historia homónima, o Da'an en "Tierra: Conflicto Final"... o al menos ser yo mismo en una tarde ventosa y paramera, con el solo sonido del susurro de las hojas y el arrullo de algunas aves.
Luego de una hora que parecio interminable, el chirriar de la criatura (que por lo visto, a sus 4 años ya tenia una buena cantidad de piezas dentales carcomidas por el neguijón) comenzó a ceder, dejando el protagonismo del surrealismo a los reguetoneros, alternando con esos castrati tropicales que cantan temas edipicos, tan exitosos hoy en dia entre los estratos "populares". A partir de allí, el trauma psicológico que sufrí me obligó a concentrar toda mi fuerza moral en la tarea de llegar incólume a mi turno, para afrontar con entereza el reto del taladro y la sensación de aguja de hielo que atraviesa los dientes. Vine saliendo del consultorio a las 3 p.m. moral y físicamente derruido, soñando con una tarde de holganza y placer. Pero no. La cruel realidad una vez mas imponía su ley. Había que hacer mercado!
Me deja noqueado el sólo recordar ese crucial momento en el que me enteré que el patrón de actividades diseñado para ese dia y la escasez de pitanza en el refrigerador obligaban a emprender esa espeluznante tarea, de modo que.... continuará. Hablaré de la experiencia en el mercado y mi aversión al mismo en el próximo post.

07 febrero 2009

Paradigmas Invencibles de Venezuela



Soy frecuente visitante del interesante blog "paradigmas Actuales" (enlace aqui), donde siempre consigo material para la reflexión. Pero hoy quisiera comentar la otra cara de algunos paradigmas, esa cara antipática y pesada que a veces hace desear retroceder la humanidad hasta el homo habilis y tratar de empezar de nuevo con otro plan.

La RAE define escuetamente paradigma como "Ejemplo o ejemplar", mientras que Wikipedia lo presenta como un modelo o patrón en cualquier disciplina científica u otro contexto epistemológico. (Que palabreja, no?)

Para mi, paradigma es un conjunto de creencias que se asumen como válidas, sin detenerse a revisarlas ni evaluarlas. Un ejemplo sencillo? cuando decimos "El sol sale por el este". Resulta que de Galileo para acá ya sabemos que el sol no "sale", porque lo que se mueve es la tierra, no el sol; y seguimos diciendo "El sol sale" o "El Sol se oculta". Pero ese es un paradigma inofensivo. Hay otros que a mi en lo personal me resultan mas dañinos o antipáticos, y cuya permanencia cual quistes en el entorno nacional desafía toda lógica. Dentro de estos destacan:

- La comida: Hirviendo o Helada. Muy común en panaderías y otros expendios de comida al paso, este paradigma establece que ningún alimento se puede calentar solo un poco. Si gentilmente el dependiente ofrece "¿Se lo caliento"? eso significa que el cachito, cruasán, porción de pizza, quesadilla, almojábana o lo que se le antoje dará vueltas y vueltas inmisericordemente en un microondas por varios minutos, hasta que la temperatura del relleno equipare a la de la lava del Vesubio. Por supuesto, la corteza estará apenas tibia; y si usted desconoce este paradigma, morderá con fruición la apetitosa pieza, para descubrir al nanosegundo que por dentro está hirviendo y que tendrá suerte si conserva algo de tejido en las encías. Si usted, advertido, le dice al empleado que no caliente el alimento, se lo servirá frío y reseco, tal como reposa en el anaquel. No sirve de nada pedir que el alimento se caliente apenas un poco. Este paradigma es maniqueo y el cerebro de quienes lo siguen no está preparado para entender el concepto de "tibio". Se aplica también al café.

- La Hora Venezolana: Quienes llegan a esta "Tierra de Gracia" desde el extranjero, suelen llevarse chascos cuando por primera vez asisten a una fiesta, reunión, conferencia o condumio. Resulta que en la tarjeta se citará, digamos, a las 8:00 p.m. y los inocentes deconocedores del paradigma de la Hora Venezolana llegarán a esa hora, para encontrar que a la anfitriona todavía le están tiñendo el cabello, que los mesoneros no han llegado o que el ponente invitado ni siquiera ha aterrizado en el aeropuerto. El paradigma de la Hora Venezolana establece que usted debe llegar una hora, o mejor, dos horas después de lo que se acordó. Hace poco presencié como una persona, a la 1.45 de la tarde, le dijo a otra "en 15 minutos estoy allá buscándote". Esta otra persona durmió una siesta, se bañó, limpió algunas cosas en la casa y estuvo listo a las 4:00 p.m. Hora en la que en efecto pasó el amigo que debió haber llegado a las 2:00 p.m. Todos felices y muy adaptados, menos yo; que aún no me acostumbro a esta deforme anormalidad en el uso del tiempo.

- Su majestad el coleto: En toda familia venezolana hay una autoridad indiscutible: La del coleto. Cuando se está pasando coleto, toda la familia debe adaptar su dinámica a este hecho. Los niños tendrán que ir a jugar fuera, quien lea repantigado en una poltrona o quien converse en un salón deberá abandonar el recinto para dar paso al totem doméstico por excelencia. Y ¡Ay de quien ose discutir la supremacía del coleto o atreverse a proponer diferir el sagrado acto de trapeo! Será anatema, acallado por la furia de quien, cual sacerdote del templo del Pinolín, empuñe el sagrado cetro del palo del coleto; y obligado a vagar errabundo por los suburbios de la casa hasta que el piso esté seco. Y aún así, recibirá injurias por atreverse a dejar alguna miga o mota sobre el reluciente piso, el más noble objetivo del hogar. A veces este odioso paradigma llega a los recintos de trabajo, y se han visto casos de salas enteras de trabajadores que deben dejar a medio elaborar un informe, un memo, un plano o un fotomontaje para que el todopoderoso trapeador deje su penetrante estela de aroma artificial a lavanda sintética y sus vetas de agua polvorienta por todo el lugar, mientras quien empuña esta terrible herramienta deja escapar una sardónica sonrisa breve que rompe la pétrea caraculiambrez que caracteriza a quienes detentan este oficio.

Existen otros paradigmas locales igualmente inmanentes (como "la última y mos vamos" o "la puntica nada mas") pero por no resultar tan odiosos, no figuran aqui.

Y, por supuesto, se agradecen lso aportes!