22 agosto 2026

Los dos Suicidios de Pía


No. No es que Pía se suicidó dos veces, entendámonos. La fulana Pía (Que en las redes se autodenominó “Partner in Crime” cuando vomitó su veneno) ocasionó dos suicidios, no sabemos aún si por reconcomio, afán monetario, despecho o (lo más probable), por ser un verdadero pedazo de mierda con tetas, culo, y con la patente de corso más eficaz en estos tiempos misándricos: Una vulva.

 El primer suicidio fue rápido. La turba, adoctrinada -sin darse apenas cuenta- y ebria de “me too”, se lanzó, ciega e impetuosamente contra el polímata al que Pía acusó de haberla tocado indebidamente. Fue defenestrado de inmediato del círculo de estudios y análisis que el mismo creó, sus mecenas y patrones le retiraron el apoyo económico, su novia lo abandonó sin indagar primero si aquello era cierto, sus colegas se despacharon a gusto en ejercicios asqueantes de crítica tóxica, barata e imbuida de neopuritanismo, como si ninguno de ellos hubiese deseado jamás a alguna de sus discípulas núbiles (y viceversa) y como si todos temiesen ser mal vistos y ser susceptibles de señalamiento y cancelación por parte de la perversa y todopoderosa matriz de faminazismo mediático si no lucían suficientemente radicales en el desprecio al que hasta 24 horas antes llamaban “hermano”.

No es descabellado aventurar que al polímata le dolió más ver en tiempo real la falsedad hipócrita de su entorno y la obediencia descerebrada de la sociedad hechizada por el wokismo, que las acusaciones insustanciales de la impía Pía, quien se autoincriminó describiendo como aceptó una segunda cita con el polímata aun después de que en la primera, este supuestamente le tocase partes del cuerpo que solo en el más oscuro dogma medieval y en el más fanático neofeminismo odiador de hombres es criminal acariciar si se cumplen las condiciones de consentimiento mutuo y edad mínima legal para sostener relaciones sexuales; ambas condiciones dadas en este caso, según relata la propia pseudovíctima. Y por eso, quizás en un intento fallido de ejercer la libertad de volar, Willy McKey se lanzó desde un noveno piso en Buenos Aires en Abril de 2021 y estrelló sus sueños, su literatura, su talento y su capacidad creadora en el asfalto.

El segundo suicidio fue más bien una muerte autoinfligida paulatina y esperable, como cuando se desconecta el respirador a un cuerpo cuyo cerebro ya se desactivó y sigue viviendo por inercia, apagándose poco a poco, hasta que se va sin que nadie se percate o, peor aún, sin que a (casi) nadie le importe. El 30 de diciembre de 2024 cerró el portal Prodavinci. Lo que otrora fue un espacio para la información, el análisis, la creación y la opinión libre pasó a ser una página web muerta más; con la diferencia de que en este caso el propio portal decretó su muerte al expulsar a su fundador, mente, músculo y alma; todo  porque era más importante creerle a una irrelevante que ni siquiera se atrevió a salir del anonimato cómplice y porque era preferible protegerse del que dirán y entrar en la secta de los adoradores de la superioridad XX, que seguir deleitando a sus lectores con sus artículos agudos, incómodos para las tiranías y que obligaban a mover las neuronas más allá de las cacofonías fáciles e instragrameables tipo “el violador eres tu”.

Para información adicional:

La única reseña que describe el suicidio de Willy McKey sin lincharlo que encontré; curiosamente escrita por una mujer: https://www.elliberal.cat/2021/05/04/el-suicidio-de-willy-mckey-y-la-falsa-idea-de-justicia/ 

 Nota (no tan) luctuosa del cierre de Prodavinci: https://efectococuyo.com/la-humanidad/portal-prodavinci-anuncia-pausa-en-su-produccion-editorial/

12 abril 2026

Primer Registro de mi Adultez.

Aquel día de finales de Julio de 1983 pintaba ideal. Tenía toda la jornada por delante disponible, con algo de dinero en mi bolsillo y ninguna obligación. Eso, a mis casi 16 años parecía natural, pero yo ya estaba consciente de que era un tesoro que escasearía más y más en mi vida futura y por eso lo valoraba tanto. Además, acababa de graduarme de bachiller, faltaban un par de semanas para ingresar a la universidad, hacía pocos días había vuelto de Argentina luego de ser parte del equipo que decentemente representó a Venezuela en el concurso “Justa del Saber” y me sentía vital, sortario, bendecido y querido.

Me fui a la tienda “Discocinta” en el centro de mi San Cristóbal natal, para gastar buena parte de mi capital de ese día (50 Bs. que para la época eran como 5 US$) en un disco de vinilo de mi agrado. Ese día no fue necesario pensar mucho. Me crucé con el LP “City Hall Aniversario” y lo adquirí, con el sabor agridulce de saber que, con ese volumen, se decretaba el final de mi serie de recopilatorios favoritos; pero con la seguridad de que lo escucharía cientos de veces hasta rayarlo; de modo que empecé a relamerme de antemano pensando en el disfrute auditivo, cual caballero medieval que vive imaginaria y repetidamente el momento de llevar al tálamo a la dama a la que ha decidido dedicar sus aventuras y hazañas.

Y luego de comprar el disco… ¿Qué hacía con el resto del día? No eran ni siquiera las 11 am y ya el clímax de la jornada parecía haber quedado atrás…y eso no me lo quise permitir. Asi que, en un arranque de locura, me dirigí a un territorio casi tabú que nunca antes había visitado por voluntad propia: La sede de la Zona Educativa “Los Andes”, en la que se encontraba la oficina de mi padre.

 Pregunté por el en la recepción, me indicaron donde se encontraba la oficina y allí aparecí. Lo primero que me sorprendió fue… que mi viejo no se sorprendió. Me saludó con un “hola, hijo” natural, como si yo hubiese llegado a casa. La segunda sorpresa fueron las vistas agradables desde su puesto de trabajo, y la tercera, que luego de preguntarme por cual disco había comprado, lo tomó entre sus manos, se interesó, e incluso me preguntó cosas de una o dos canciones. Mi viejo se las arregló para ir sacando su trabajo mientras hablaba conmigo de igual a igual, como si yo fuese un amigo. Y ser consciente de eso me hizo sentir adulto por primera vez en la vida, me permitió ver que yo podía ser amigo de mi viejo además de su hijo, e intercambiar puntos de vista, a sabiendas de su experiencia y erudición, pero también de mi acercamiento fresco y desprejuiciado propio de la juventud. Así que, sintiéndome adulto, saque pecho y le dije a mi viejo “Papá, aun tengo 10 bolos en el bolsillo, ¿me dejas que te brinde una cerveza?” Y efectivamente, nos fuimos a un bar cercano y me bebí una cerveza con mi viejo, aunque al final pagó el.

Al poco rato, mamá pasó, como todos los días, a recoger a mi viejo para ir a almorzar a casa, y ella si que se sorprendió al verme con el. Al llegar a casa, mi sensación de adultez se desvaneció, otra vez volví a ser el adolescente casi niño que era al salir de paseo aquella mañana. Pero aun hoy, casi 43 años después, agradezco a Dios y a la vida haber tenido el padre que tuve… y haber podido tener esa vivencia en una época en la que nadie se desgarraba las vestiduras por que un joven de 15 años se bebiese una cerveza con su progenitor. Y el disco que compré ese día puede escucharse aquí (lado A) y aquí (lado B).