Me fui a la tienda “Discocinta” en el centro de mi San Cristóbal natal, para gastar buena parte de mi capital de ese día (50 Bs. que para la época eran como 5 US$) en un disco de vinilo de mi agrado. Ese día no fue necesario pensar mucho. Me crucé con el LP “City Hall Aniversario” y lo adquirí, con el sabor agridulce de saber que, con ese volumen, se decretaba el final de mi serie de recopilatorios favoritos; pero con la seguridad de que lo escucharía cientos de veces hasta rayarlo; de modo que empecé a relamerme de antemano pensando en el disfrute auditivo, cual caballero medieval que vive imaginaria y repetidamente el momento de llevar al tálamo a la dama a la que ha decidido dedicar sus aventuras y hazañas.
Y luego de comprar el disco… ¿Qué hacía con el resto del día? No eran ni siquiera las 11 am y ya el clímax de la jornada parecía haber quedado atrás…y eso no me lo quise permitir.
Asi que, en un arranque de locura, me dirigí a un territorio casi tabú que nunca antes había visitado por voluntad propia: La sede de la Zona Educativa “Los Andes”, en la que se encontraba la oficina de mi padre.
Pregunté por el en la recepción, me indicaron donde se encontraba la oficina y allí aparecí. Lo primero que me sorprendió fue… que mi viejo no se sorprendió. Me saludó con un “hola, hijo” natural, como si yo hubiese llegado a casa. La segunda sorpresa fueron las vistas agradables desde su puesto de trabajo, y la tercera, que luego de preguntarme por cual disco había comprado, lo tomó entre sus manos, se interesó, e incluso me preguntó cosas de una o dos canciones. Mi viejo se las arregló para ir sacando su trabajo mientras hablaba conmigo de igual a igual, como si yo fuese un amigo. Y ser consciente de eso me hizo sentir adulto por primera vez en la vida, me permitió ver que yo podía ser amigo de mi viejo además de su hijo, e intercambiar puntos de vista, a sabiendas de su experiencia y erudición, pero también de mi acercamiento fresco y desprejuiciado propio de la juventud.
Así que, sintiéndome adulto, saque pecho y le dije a mi viejo “Papá, aun tengo 10 bolos en el bolsillo, ¿me dejas que te brinde una cerveza?” Y efectivamente, nos fuimos a un bar cercano y me bebí una cerveza con mi viejo, aunque al final pagó el.
Al poco rato, mamá pasó, como todos los días, a recoger a mi viejo para ir a almorzar a casa, y ella si que se sorprendió al verme con el. Al llegar a casa, mi sensación de adultez se desvaneció, otra vez volví a ser el adolescente casi niño que era al salir de paseo aquella mañana.
Pero aun hoy, casi 43 años después, agradezco a Dios y a la vida haber tenido el padre que tuve… y haber podido tener esa vivencia en una época en la que nadie se desgarraba las vestiduras por que un joven de 15 años se bebiese una cerveza con su progenitor.
Y el disco que compré ese día puede escucharse aquí (lado A) y aquí (lado B).

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