El cerebro, el corazón y los sentidos invitan a dejar registro escrito de lo que nos acontece, de lo que observamos, escuchamos, paladeamos y vivimos día a día. Aqui presento mi visión personal del asunto.
12 abril 2026
Primer Registro de mi Adultez.
Aquel día de finales de Julio de 1983 pintaba ideal. Tenía toda la jornada por delante disponible, con algo de dinero en mi bolsillo y ninguna obligación. Eso, a mis casi 16 años parecía natural, pero yo ya estaba consciente de que era un tesoro que escasearía más y más en mi vida futura y por eso lo valoraba tanto. Además, acababa de graduarme de bachiller, faltaban un par de semanas para ingresar a la universidad, hacía pocos días había vuelto de Argentina luego de ser parte del equipo que decentemente representó a Venezuela en el concurso “Justa del Saber” y me sentía vital, sortario, bendecido y querido.
Me fui a la tienda “Discocinta” en el centro de mi San Cristóbal natal, para gastar buena parte de mi capital de ese día (50 Bs.) en un disco de vinilo de mi agrado. Ese día no fue necesario pensar mucho. Me crucé con el LP “City Hall Aniversario” y lo adquirí, con el sabor agridulce de saber que, con ese volumen, se decretaba el final de mi serie de recopilatorios favoritos; pero con la seguridad de que lo escucharía cientos de veces hasta rayarlo; de modo que empecé a relamerme de antemano pensando en el disfrute auditivo, cual caballero medieval que vive imaginaria y repetidamente el momento de llevar al tálamo a la dama a la que ha decidido dedicar sus aventuras y hazañas.
Y luego de comprar el disco… ¿Qué hacía con el resto del día? No eran ni siquiera las 11 am y ya el clímax de la jornada parecía haber quedado atrás…y eso no me lo quise permitir.
Asi que, en un arranque de locura, me dirigí a un territorio casi tabú que nunca antes había visitado por voluntad propia: La sede de la Zona Educativa “Los Andes”, en la que se encontraba la oficina de mi padre. Pregunté por el en la recepción, me indicaron donde se encontraba la oficina y allí aparecí. Lo primero que me sorprendió fue… que mi viejo no se sorprendió. Me saludó con un “hola, hijo” natural, como si yo hubiese llegado a casa. La segunda sorpresa fueron las vistas agradables desde su puesto de trabajo, y la tercera, que luego de preguntarme por cual disco había comprado, lo tomó entre sus manos, se interesó, e incluso me preguntó cosas de una o dos canciones. Mi viejo se las arregló para ir sacando su trabajo mientras hablaba conmigo de igual a igual, como si yo fuese un amigo. Y ser consciente de eso me hizo sentir adulto por primera vez en la vida, me permitió ver que yo podía ser amigo de mi viejo además de su hijo, e intercambiar puntos de vista, a sabiendas de su experiencia y erudición, pero también de mi acercamiento fresco y desprejuiciado propio de la juventud.
Así que, sintiéndome adulto, saque pecho y le dije a mi viejo “Papá, aun tengo 10 bolos en el bolsillo, ¿me dejas que te brinde una cerveza?” Y efectivamente, nos fuimos a un bar cercano y me bebí una cerveza con mi viejo, aunque al final pagó el. Al poco rato, mamá pasó, como todos los días, a recoger a mi viejo para ir a almorzar a casa, y ella si que se sorprendió al verme con el. Al llegar a casa, mi sensación de adultez se desvaneció, otra vez volví a ser el adolescente casi niño que era al salir de paseo aquella mañana.
Pero aun hoy, casi 43 años después, agradezco a Dios y a la vida haber tenido el padre que tuve… y haber podido tener esa vivencia en una época en la que nadie se desgarraba las vestiduras por que un joven de 15 años se bebiese una cerveza con su progenitor.
Y el disco que compré ese día puede escucharse aquí (lado A) y aquí (lado B).
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