Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

24 marzo 2013

Sobre el acto de leer, otra vez

Ciertamente, tenía tiempo sin escribir en el blog. Pero hoy me encontré algunas coincidencias en la red que me animaron a hacerlo. Por un lado, tropecé con una cita del cantante Kanye West, en la que declara que no le gustra leer y que es un orgulloso no-lector. Conozco algunas personas que nunca han leído un libro, pero en esos casos, la gente suele evadir el tema o avergonzarse, en lugar de exhibir orgullosamente su autolimitación. El hecho de que este mismo no-lector haya escrito un libro (de 52 páginas, pero libro al fin) constituye la oximorónica muestra de los paradójicos tiempos que vivimos. La reseña del sainete aqui.

Por otra parte, tropecé con un artículo del español Javier Cercas intitulado "¿Leer nos hace mejores?", bastante corto, denso, lleno de referencias a notables del pasado y del presente y de final previsible: Termina siendo cuestión de gusto.

Pues si. Es cuestión de gusto, pero también de voluntad, de valores, de hábitos. Reconozco que la humanidad está evolucionando de un modo que deja cada vez menos espacio para el plácido hábito de la lectura. Vivir con el acelerador pisado permanentemente y bombardeado por la información inmedita y desechable del twitter, el facebook, el whats app, el pin y mecanismos "lave y liisto" similares no suena muy congruente con echarse en un lugar tranquilo a digerir algunos textos. No obstante, eso no significa que debemos sucumbir a la tentación de poseer un océano de información... con un centímetro de profundidad.

Si usted, estimado lector (guardando como siempre la esperanza de que alguien se tropiece y  lea este blog), ha llegado hasta aqui, significa que la tarea de la lectura le agrada y no le pesa, y quizás hasta esté de acuerdo conmigo. Y para quienes no llegaron a este párrafo, pues ni modo. No seré yo quien haga el papel de padre o de maestro, inculcando el necesario amor por la lectura. Muy lamentable que se lo pierdan.

16 noviembre 2010

Divagaciones sobre las bibliotecas

Los estantes llenos de libros siempre me han parecido interesantes pero abrumadores, contentivos en si mismos de la evidencia de que jamás se podrá digerir todo el contenido que allí se atesora. Pero hay bibliotecas (entendiendo esta palabra como “depósito de libros”) que, por familiares, resultan más cercanas, más gratas; incluso acogedoras. Y se me ocurre pensar… que triste debe ser una casa sin al menos un estante de libros… o lo que es peor, con una biblioteca llena de libros que nadie lee.

Casi todos los recuerdos de mi niñez y adolescencia entroncan de algún modo con los libros. Ya sea las aventuras de exploración dentro de las estanterías de casa, las lecturas en la silla de extensión explayada en el patio con aroma a limonaria, higos y romero, o, en el más simple de los casos, con el trasfondo de mi viejo leyendo horas y horas mientras la vida cotidiana (coletos, vecinas chismosas, sonidos de la calle...) pasaba por un lado sin rozar su nirvana.

Al regresar a casa paterna luego del sepelio de papá, se encontraba un libro abierto con sus lentes de lectura posados sobre las páginas. Esa es la impronta que conservo de mi viejo, más que su cara dentro del féretro (que nunca quise ver)

En todas las casas donde he vivido, hay material de lectura en todos los aposentos. Estantes en salas y habitaciones, libros de cocina junto a los fogones, revistas sobre el WC. Eso me hace sentir que vivo en una biblioteca gigante, con el confort sicológico que ello conlleva. Haber vivido en un contexto eminentemente restrictivo, donde la lectura era una de las cosas que no estaba prohibida (incluso los libros "para adultos") y donde el dinero para comprarlos nunca se escatimaba, me hizo valorar este hábito como un viaje a la utopía posible.

Reconozco las bondades de los libros electrónicos, pero igual disfruto de la experiencia multisensorial que deriva de tomar un viejo libro entre manos, palpar la textura de su lomo y páginas y captar su aroma a guardado antes de proceder a devorarlo febrilmente con los ojos

Siempre me pareció detestable, enojosa e inútil la costumbre materna de colocar un batiburrillo de objetos horrorosos y cursis (recuerdos de primera comunión, miniaturas de bronce, mantelitos tejidos…) delante de los libros. Muchos años después, entiendo que es la forma que tiene mi madre de rendirle culto a un mundo que ella apenas conoce, pero que respeta profundamente, por haber sido la forja del hombre que ella amó.

Hace unos días visité a mi madre, y estuve explorando la ingente cantidad de libros que acumuló y leyó mi padre a lo largo de su vida. De esa experiencia vienen estas líneas.