Me ha resultado muy divertido, en las tres ocasiones en que he renunciado a un empleo, el desaforado y súbito surgimiento –en voz de mi jefe de turno- de contraofertas laborales ventajosísimas, acompañadas por un breve informe del status económico de la firma donde se enfatiza que justo hace media hora la empresa acaba de salir de la situación de cuasi-quiebra que impedía que se le subiese el salario al arquitecto Saldivia, y se sitúa ahora en el top five de la versión venezolana de la revista Forbes, lo cual implicará prosperidad, fama, figuración, cancha, concha y caché para todos.Pero como buen gocho, además hijo de larense, soy de los que propugna que “a perro macho lo capan una sola vez”, “después del ojo afuera no vale Santa Lucía” y “golpe dado no tiene quite”. Así que nunca he des-renunciado y creo que nunca lo haré.
Esos cantos de sirena empresariales me generan una sensación dual; por un lado mi ego se infla sabiéndome apreciado en el entorno, por otro me pregunto si no será que mis jefes piensan algo como: “¿y donde voy a conseguir otro pendejo como Saldivia, que se da durísimo trabajando de sol a sol por cuatro lochas?”
Así que el próximo 15 de Octubre, con (pre)aviso y sin protesto, inicio nuevos derroteros laborales, como Jefe de Planta Física de una industria de producción de alimentos. ¿Sentiré nostalgia por mi trabajo actual y por mis compañeos(as)? Evidentemente, pero ¿Estoy motivado y con deseos de cambiar de rumbo (y ganar mas dinero)? POR SUPUESTO!