16 noviembre 2010

Divagaciones sobre las bibliotecas

Los estantes llenos de libros siempre me han parecido interesantes pero abrumadores, contentivos en si mismos de la evidencia de que jamás se podrá digerir todo el contenido que allí se atesora. Pero hay bibliotecas (entendiendo esta palabra como “depósito de libros”) que, por familiares, resultan más cercanas, más gratas; incluso acogedoras. Y se me ocurre pensar… que triste debe ser una casa sin al menos un estante de libros… o lo que es peor, con una biblioteca llena de libros que nadie lee.

Casi todos los recuerdos de mi niñez y adolescencia entroncan de algún modo con los libros. Ya sea las aventuras de exploración dentro de las estanterías de casa, las lecturas en la silla de extensión explayada en el patio con aroma a limonaria, higos y romero, o, en el más simple de los casos, con el trasfondo de mi viejo leyendo horas y horas mientras la vida cotidiana (coletos, vecinas chismosas, sonidos de la calle...) pasaba por un lado sin rozar su nirvana.

Al regresar a casa paterna luego del sepelio de papá, se encontraba un libro abierto con sus lentes de lectura posados sobre las páginas. Esa es la impronta que conservo de mi viejo, más que su cara dentro del féretro (que nunca quise ver)

En todas las casas donde he vivido, hay material de lectura en todos los aposentos. Estantes en salas y habitaciones, libros de cocina junto a los fogones, revistas sobre el WC. Eso me hace sentir que vivo en una biblioteca gigante, con el confort sicológico que ello conlleva. Haber vivido en un contexto eminentemente restrictivo, donde la lectura era una de las cosas que no estaba prohibida (incluso los libros "para adultos") y donde el dinero para comprarlos nunca se escatimaba, me hizo valorar este hábito como un viaje a la utopía posible.

Reconozco las bondades de los libros electrónicos, pero igual disfruto de la experiencia multisensorial que deriva de tomar un viejo libro entre manos, palpar la textura de su lomo y páginas y captar su aroma a guardado antes de proceder a devorarlo febrilmente con los ojos

Siempre me pareció detestable, enojosa e inútil la costumbre materna de colocar un batiburrillo de objetos horrorosos y cursis (recuerdos de primera comunión, miniaturas de bronce, mantelitos tejidos…) delante de los libros. Muchos años después, entiendo que es la forma que tiene mi madre de rendirle culto a un mundo que ella apenas conoce, pero que respeta profundamente, por haber sido la forja del hombre que ella amó.

Hace unos días visité a mi madre, y estuve explorando la ingente cantidad de libros que acumuló y leyó mi padre a lo largo de su vida. De esa experiencia vienen estas líneas.

01 agosto 2010

Mi amor por las tajadas

Ya se les diga tajadas o "fritas de maduro" (como se les llama en mi tierra tachirense) pocos manjares me resultan mas deliciosos que este. Las prefiero blanditas y muy dulces, preparadas cuando ya la concha del plátano esta negra y a su alrededor pulula la drosophila melanogaster, aunque también me agradan duritas, poco dulces, hechas con el plátano pintón. Esta delicia, barata y recursiva, va asociada a dos recuerdos muy gratos de mi vida.

Quizá el recuerdo más antiguo que tengo va asociado a las tajadas. Evoco claramente ir avanzando acompasadamente, con el piso frente a mi mostrando la textura del cemento pulido amarillo, luego subir un escalón en cemento rugoso pintado de rojo carmesí, para luego transitar las baldosas de terracota desgastadas y de superficie irregular. Iba gateando, guiado por un delicioso olor que emanaba de la cocina, en una tarde soleada y tranquila. Recuerdo haber pasado a ese recinto de placeres, la cocina, con su piso grisáceo de cemento, y haberme acercado a las piernas de mamá, muy blancas y gordezuelas, con la presencia eventual de algunos cañones. El olor se hizo más fuerte, mi mamá freía tajadas. Me sujete a sus piernas y me puse de pié (según recuerdo, no era la primera vez que lo hacía) y mire en contrapicado el cuerpo de mi progenitora, increiblemente esbelto comparado con mis recuerdos posteriores. En ese momento mamá soplaba (para enfriarla, supongo) una tajada, pequeña, dorada, brillante, que sonriendo acercó a mi boca e ingerí con fruición. Aún el recuerdo me acerca al nirvana. Esa explosión de dulzura untuosa, suave y firme, dúctil y fibrosa a la vez, quedará marcada en mi mente hasta el último de mis días.

El segundo recuerdo imborrable es más reciente y racional, y como sucede en la adultez, menos bucólico; aunque en este caso, coronado por un felicísimo final. Me encontraba en Barquisimeto, realizando mis pasantías en el Ince Construcción. Por cuestiones administrativas, mi primer sueldo de enero de 1990 recién iba a ser cobrado en febrero de ese año, por lo que tendría que pasar todo el mes sobreviviendo con el dinero que tenía guardado, vale decir, casi nada. No tenía a quien recurrir, me daba vergüenza pedirle dinero a mis padres o hermanos, no conocía a nadie que pudiese darme un trabajo eventual, como las clases particulares o los turnos de cajero de heladería que constituían mi fuente de ingresos usual en San Cristóbal. Cierto sábado, tenía dos días sin comer. Me atormentaban imágenes de enormes platos de canelones de ricotta con espinaca, de chuletas de res rezumando jugo sobre las papas fritas, de muslos de pollo tamaño pterodáctilo horneados y festoneados de pimentón y, por supuesto, de un gargantuesco plato de tajadas bien maduras espolvoreadas con queso rallado. Trataba de dormir, para acallar el hambre, y soñaba con ñoquis, helados, pizzas y hamburguesas, y el sueño se transformaba en sudorosa tortura. Sólo, en esa casa huera y desangelada, escuché el timbre de la puerta y abri malhumorado. Era Natalia*. a la sazón novia de mi hermano mayor, que venía a pedirle que la ayudara retocando la pintura del techo de la cocina de su casa, manchado con las caraotas que se esparcieron por todo el recinto cuando explotó la olla a presión. Me ofrecí a ayudar, para distraerme un poco. Y no se si la chica en cuestión notó mi mirada famélica, o si fue una estrategia de mi hermano. El caso es que mientras yo pintaba, ella trasteaba en la cocina. Y al final de la labor, me ofreció lo mas excelso, lo más exquisito, lo más noble, lo mas deseado (al menos por mi) que una mujer puede ofrecer a un hombre: Un enorme plato de tajadas doradas y blanditas, espolvoreadas con queso rallado.

* Pesudónimo

13 junio 2010

Séptimo Día

La literatura, la música, la tradición oral, están llenas de alusiones positivas al día domingo. Se relaciona con descanso, pero también con alegría, paseos, risas, jolgorio, diversión bajo el sol, deporte, unión... casi que es imposible pensar que si se es niño, y es domingo, no pueda pasar nada que no sea maravilloso, el clímax de la felicidad, un colorido nirvana de alborozo.
Mis recuerdos de los domingos en mi niñez son totalmente opuestos a todo eso. Odiaba la llegada de ese día, porque despues de las 9:30 a.m. cuando culminaba el capítulo de "Patrulla del Espacio", que era la única cosa interesante para mi que ocurría, comenzaba el goteante y cansino transcurrir de las horas en medio de un aburrimiento agobiante, el día transcurría sencillamente deseando que llegase el lunes para asistir al colegio. ¿Suena insólito? tal vez si describa un poco el ambiente de esos domingos pueda tener sentido tan anormal conducta.
Provengo de una familia matriarcal, controladora, castrante y represiva, con una madre todopoderosa que imponía su retorcida visión de la vida a todos los miembros de la familia (incluyendo a la fámula de turno) y un padre trabajólico para quien los fines de semana eran sinónimo de estarse echado en cama o en un sillón, en piyama, leyendo y dormitando. Yo no tenía lista de prohibiciones. Tenía lista de permisos, que era mucho mas corta. Todo estaba prohibido. Jugar en la calle, tratar otros niños que no contasen con la aprobación materna, mojarse, hacer ruido, correr... para jugar con algo tenía que pedir permiso, y si las visceras de la todopoderosa matriarca no estaban en vena para ello, pues no se podía jugar con ese juguete, porque era peligroso, o no era debido, o la familia estaba de luto, o simplemente "por que no me da la gana".
Los domingos, por algún motivo, siempre eran calurosos e hipersoleados, hasta la intoxicación. Vivíamos en una casa fea, desgarbada, kitsch, introspectiva, con solo una ventana al exterior (que por supuesto, siempre estaba cerrada) e improvisados huecos entre los tejados, por donde se colaba una luz solar antipática, amarillenta, exasperante, que resaltaba lo paradójico de tener tanta iluminación sin siquiera poder aspirar a una vista exterior. La actividad obligada del domingo consistía en zamparse un opíparo almuerzo y luego calarse la seguidilla de spaghetti western repetidos que constituían el menú vespertino único de la televisión de los 70's, todos sentados muy derechos en la sala de la casa, donde su majestad, un televisor Zenith blanco y negro, reinaba como lugarteniente único del matriarcado. Los predecibles diálogos del esquema vaquero-blanco-bueno e indio-malo eran matizados por el murmullo de las canciones de Elio Roca, Jairo o Palito Ortega que la mucama escuchaba en un radiecito de pila mientras planchaba en un rincón de la sala (no se les permitía salir los domingos, ya que "podían salir con una barriga"), actividad que a mi se me antojaba incluso mas divertida que ver por trigésima quinta vez "Por un Puñado de Dólares" o "El Bueno, el Malo y el Feo". Sin embargo, las lágrimas silenciosas de muchas de las servidoras revelaban lo poco grata que resultaba la tarea.
En ese rígido universo donde todo era acartonado, desde los cuellos almidonados de las camisas hasta la postura que había que adoptar en el sillón, cualquier ruptura de la rutina era bienvenida. Una visita, un temblor de tierra, un ventarrón que derribase la antena, una invasión de hormigas aladas, eran sorpresas bien recibidas que aportaban algo de variedad a ese día que no puedo imaginar de otro modo que una tortura color sepia. Cuando el domingo llegaba a su fin, y se aproximaba el lunes, yo agradecía el hecho de que pronto podría conversar con mis compañeros de clase y escuchar las enseñanzas de la maestra, mucho mas entretenidas que los diálogos de esos previsibles filmes.
No niego que alguna vez hubo algún paseo, alguna visita al parque, alguna invitación a una piñata o reunión, pero ello ocurría con tan poca frecuencia, que el mal recuerdo de esos domingos aburridos solapa cualquier variación. Yo me preguntaba como sería la vida de aquellos niños cuyos padres jugaban beisbol o futbol con ellos, o que pasaban el dia en la calle, jugando metras o trompo con sus vecinos. Ahora que recuerdo, creo que papá jugo ajedrez un par de veces conmigo, e incluso me atrevería a decir que una vez, jugamos monopolio, cuanto yo tenía como 8 años.
Para escapar del agobio, me aficioné a la lectura, y no era raro que devorase un libro completo cada domingo. Despues de haber hecho la primera comunión, asistía regularmente a misa, actividad que me parecía mas divertida que la sobredosis de mala televisión, quejas y caras largas que predominaba en casa. Además, podía ver gente, paisaje urbano, visiones mas amplias que el cuadrito de cielo que desde casa se vislumbraba entre techo y techo. Con los años la situación se fue atenuando, la dictadura se fue suavizando (nunca llego a la normalidad, pero en algún momento se hizo soportable), la programación televisiva se fue diversificando, y fueron apareciendo opciones para los domingos, como estudiar o trabajar. Incluso nos mudamos a un apartamento donde empecé a disfrutar del hasta entonces inédito placer de tener una ventana en mi cuarto. Pero aún no he logrado borrar esa correlación entre domingo y aburrimiento, que de vez en cuando consigue motivos para reafirmarse.

20 abril 2010

Vuelta a la Patria (chica)


No se si fue por el clima benigno, la agenda relajada, el amor de la familia, la alegría de ver a viejos amigos, la sorpresa de descubrir edificaciones y desarrollos urbanísticos que desconocía, la buena compañía o una combinación de todo. Pero esta vez realmente disfrute de mi viaje a San Cristóbal. Quizá este opinando desde la emotividad, pero percibí muchos cambios en la urbe con respecto a mi última visita, en 2008. Aquella alegría inmanente que se respiraba en los 80’s y que parecía haberse desvanecido, las caras sonrientes y la actitud cordial que según recordaba, iban desapareciendo; el boom de la construcción, inédito desde inicios de los 90’s, y una especie de renacer y acendramiento del sano regionalismo, o mas bien sentido de pertenencia, que se refleja en el exhibir con orgullo la franela del Deportivo Táchira o en el permanecer del “usted” en el tratamiento, por citar dos ejemplos.

Fue también un alivio transitar por las calles sin sentirme amenazado por los cornetazos y el reguetón a todo volumen, y por el sempiterno culto a la imagen y mensaje de odio que cultivan Esteban y sus focas. Un apreciado amigo me dijo que todo esto ocurría a costa de la contaminación (que verdaderamente la hay)… pero viniendo de Caracas, casi cualquier lugar de Venezuela parece descontaminado, silencioso, y de tránsito fluido. Otro amigo me dijo que de alguna manera, el cambio en la gestión gubernamental se notaba, y me pareció lógico. Es que si revisamos el historial de gobierno del Táchira (un paquidérmico militar al que solo le interesaba llenar sus bolsillos, precedido por un tiranuelo émulo de esteban, precedido por un grisáceo inoperante, precedido por un desubicado con complejo de star system) veremos que no ha habido mucha suerte en este estado para elegir a su gobernante; así que esperemos que el actual ocupante del Palacio de Los Leones siga por buen camino, a pesar de que lo dejaron sin recursos para dárselos al virreinato paralelo que reporta directamente a Caracas (o a La Habana).

En resumen, fue un viaje que repetiría sin pensarlo dos veces. Detalles menores, como la bulla de los adolescentes cincuentones del festival de motos de alta cilindrada (o algo así) o el retraso de 5 horas en el vuelo de Conviasa, no opacan la brillante impronta de estos días de reencuentro con mi ciudad, mi familia, mis amigos, mi idiosincrasia, y sobre todo de reencuentro conmigo mismo



16 febrero 2010

La vendedora de Rosas

"Sus ojeras maquilladas son azules como el alba"
Mari Trini

Aquel martes de carnaval era domingo para nosotros. Rendíamos hebdomadario homenaje a las últimas horas nocturnas de ocio, antes de sumirnos en la vorágine del sueño, que alistaría nuestras mentes para los exigentes compromisos laborales de la semana. Luego, en ciclo invariable, los viernes en la noche significaban cena fuera y cerveza, los sábados paseos y rumba, los domingos holganza diurna y amena conversa crepuscular entre tragos en el lugar de siempre, un barcito que permanecía idéntico desde hacia 20 años o mas, famoso por sus cocteles y por ser vitrina del "who's who" en la provinciana ciudad de mi juventud.

El lugar de marras comprimía eficientemente decenas de clichés en 300 m2: Las sifrinitas cocoseco que tomaban fruit punch y reían nerviosamente, los galanes otoñales que batían furiosamente su escasa melena, buscando impresionar a las antedichas con sus camionetas del año y su olor a perfume de moda, los grupos de amigos de toda la vida que se daban soporte mutuamente e inventaban artilugios para soslayar la gris y aburrida vida que le esperaba en casa a cada uno de ellos... en fin.

Y un dia llego la vendedora de rosas. Aparatosa, demasiado grande para su minúsculo vestido barato con pretensiones, notoriamente incómoda en su rol de interruptora de la dinámica conversacional, pero resultamente resignada a su antipático deber de colocar en las narices de los caballeros un ramito conformado por una rosa hipertrofiada y algunas hojas verdes mientras preguntaba, ausente ¿rosas para la dama?

Nunca la vi vender ningún bouquet, y en el fondo de mi alma (y sin dejar nunca traslucir este sentimiento en lo más mínimo) eso me estrujaba el corazón. La imaginaba protagonizando una vida deliafiallesca, madre amorosa y necesitada de sacar adelante a sus hijos de un padre ausente y de ingrato recuerdo, víctima y victimaria de su propia versión de la una peste negra del corazón, negada al amor que ella misma catalizaba a través de sus rosas, que serían compradas por calculadores caballeros para llevar al tálamo a crédulas jovenzuelas cuyas vidas serían en lo sucesivo tan desgraciadas y miserables como la de la abandonada vendedora.

Reafirmé esta creencia al mirar un día al fondo de sus ojos ambarinos e inyectados en sangre, bordeados de ojeras y minúsculas arrugas. Y solo vi tristeza, dolor, angustia y huellas de un resentimiento antiguo, que había terminado por disolverse ante la anomia de la rutina y de la anemia emocional, el desgaste de la madurez y la incredulidad del que ha sido vapuleado una y otra vez por las injusticias de la vida.

Nadie se fijaba en la vendedora de rosas hasta ese martes cuando, habiendo cumplido su periplo de fracasos en el intento de vender los ramos, fue blanco fácil para unos tardíos jugadores de carnaval, que cachetearon su cara y lo que quedaba de su ánimo con sendas bombas de agua que dieron forma grotesca a su paleta de maquillaje e impidieron distinguir las lágrimas de rabia e indignación del inesperado chapuzón facial de agua (afortunadamente limpia) con que habían sido llenados los proyectiles. El público observaba boquiabierto a la agredida, y esperaba alguna reacción de la misma que rompiese la continuidad de su usual estoicismo.

Pero no. La vendedora se limitó a limpiarse la cara espasmódicamnete, deformando aún más la sonrisa de guasón de su labial corrido, recoger los ramos que habían caido al pavimento, y caminar con el paso obstinado de siempre hacia su próximo e ignoto punto de venta, mientras sus tacones temblaban entre los guijarros de la calle en reparación y gruesas gotas de rimmel caían sobre los pétalos confiriéndoles un aspecto surrealista.

Hubiese querido correr hasta la vendedora de rosas, ofrecerle mi brazo, acompañarla en sus labores, musitar algunas palabras de aliento, comprarle su mustio cargamento de vacuos sueños floridos... y allí me quedé, soñando con un mundo altruista en el que no existían las vendedoras de rosas, ni tampoco los mendigos, los hampones, los tiranos, los opresores, las injusticias, los aprovechadores, los abusadores, los niños de la calle, los...

- Mira mijo, ¿te vas a quedar boquiabierto como un pendejo toda la noche? Saca la cartera pues, que hay que pagar la cuenta!

El terrenal llamado de una compañera de salida me hizo volver a la realidad, separándome del todo de aquellos sueños idealistas.

Y nunca más ví a la vendedora de rosas.

P.D. Buscando una imagen para este post, me topé con la existencia de un filme Colombiano llamado "La Vendedora de Rosas", que supongo jamás será exhibido aqui, para no robarle espacio a "Rocky XXVIII" o "Soldado Universal 35: El Enésimo Retorno". Por lo que leí en las sinposis, está muy bien hecho y trata sobre una realidad cercana a lo aqui narrado. Ojalá pueda verlo.

24 enero 2010

Belisa y su Castillo

Hace poco viví una experiencia que era común en mis años mozos: Ser rebotado de un lugar nocturno por no llevar la vestimenta adecuada, y/o no ser lo suficientemente "beautiful people" según la incontrovertible opinión del portero. Lo curioso del caso es que el sitio donde me rebotaron por mis zapatos de goma, fue la tasca de un Hotel de esos que el régimen militar expropió, en donde se hace alarde de una supuesta inclusión que todos sabemos que es mas discriminatoria y caprichosa que la peor de las segregaciones aplicadas en el pasado.

Pero lo importante del caso es que vino a mi memoria un curioso episodio pretérito, de esos en los que uno dice "¿Y yo me aguanté esto?". Explico:

La historia comienza en 1979, cuando un caprichoso millonario (algunos decían que Rafito Cedeño, el promotor boxístico hoy sumido en la indigencia, el olvido y la insania) comenzó a construir un castillo en la ciudad de San Cristóbal. Independientemente de lo kitsch que pudo resultar esta iniciativa, era llamativo ver esa obra discordante pero no carente de atractivo en plena avenida España, muy cerca del complejo ferial. En cierto momento la obra se paralizó, y fue retomada en 1983 (supongo que luego de haber sido vendida), transformándose en un forzado Centro Comercial de muy bajo éxito, pasillos enrevesados, locales minúsculos, oscuro, aburrido. Nuevo cierre, y comienzo de obras a finales de los 80's, para a principio de los 90's ser inaugurado como "Gran Hotel Castillo de la Fantasía", un uso mucho mas congruente con el carácter de la edificación, y que se mantiene hoy en dia. Y allí comienza verdaderamente este relato.

En 1993, solía salir de juerga con Belisa*, colega y compañera de trabajo, en el plan de dos solteros que se acompañan mutuamente, sin implicaciones románticas ni sexuales. Pero a veces la línea entre compañía y dependencia es muy delgada, y de pronto me encontré pasando mas tiempo con Belisa que con ninguna otra persona, dejando de lado viejos amigos y adaptándome a sus gustos y costumbres; quizás como mecanismo para escapar al tedio inmanente e inmamable de mi hogar, y aprovechando la movilidad y disponibilidad casi 24/7 de Belisa que, dicho sea de paso, vivia a 200 mts. de mi casa.

Y a Belisa le gustaba rumbear en la Tasca "Arenteiro" del Hotel "Castillo de la Fantasía"

Y el ridículo y pueblerino dress code de esa tasca, fijado por su portero, un tipo de aspecto cadavérico y grisáceo, indicaba que se rechazara a los hombres que usaban blue jean (a menos que fueran sus panas, claro)

De modo que la primera vez que intentamos ingresar en el sitio, Belisa pasó invicta y yo, que no uso otro tipo de pantalon que el blue jean desde que tenía como 10 años, me quedé fuera. La llamé para que se devolviera, y lo hizo... para entregarme las llaves del carro y pedirme que la esperara dentro del mismo "5 minuticos".

Y yo, en un acto increiblemente idiota, hice exactamente eso, a sabiendas de que en lenguaje de mujer y en esas circunstancias, "5 minuticos" equivalen a una hora o mas.

Pero si eso fue idiota, lo que ocurrió la siguiente semana carece de definición. Otra vez Belisa se antojó de entrar a la tasca de marras, y otra vez se repitió toda la escena, con exacerbada actitud de perdonavidas del portero quien espetó algo asi como "¿Y usted pretende entrar aqui vestido así?"... Y otra vez me cale una hora y pico de espera en el carro, oyendo en loop mi cassette de Tears For Fears (que pernoctaba en el carro de la susodicha, ya que yo pasaba mas tiempo alli que en cualquier otro lado)

Un par de semanas despues, Belisa realmente me sorprendió. Llegó a casa, y en un vergonzante acto de alianza de género, hizo causa común con mi mamá y mi hermana para intentar convencerme de que ese día usase unos horrendos y calurosos pantalones de lanilla, salidos no se de donde, cosa a la que me rehusé firmemente. Al salir, tomé la precaución de llevarme mi walkman (oliéndome que lo necesitaría), y le advertí a Belisa, con la calma que me caracteriza, que ese día no iba a ir a la dichosa tasca del Castillo, y que si su intención era rumbear allá, mejor me dejase botado en cualquier taguara donde no se obligara a la gente a uniformarse con el disfraz de yuppie de pueblo. De modo que hicimos la acostumbrada ronda por varios lugares... hasta que de modo inadvertido, el carro enfiló hacia la tasca en cuestión. Al llegar, hice lo que en ese momento me pareció lógico. Sin despedirme siquiera de Belisa, salí caminando a paso vivo rumbo a casa. Fué muy gracioso ver, a los pocos minutos, a Belisa gritando y gesticulando desde su carro desde el lado contrario de la avenida, mientras yo, feliz oyendo a Tears For Fears a un volumen tal que eliminaba todo sonido exterior, caminaba a contravía de los vehículos y disfrutaba del aire fresco; a la vez que estrenaba mi recién adquirido embrión de autoestima.

Ignoro si Belisa regresó ese día a la tasca del Castillo, ya que siempre evadimos el tema. Pero a mi, jamás intentó hacerme volver a ese absurdo lugar. Y jamás utilicé esos espantosos pantalones de lanilla, que hasta el día de hoy ignoro quien pagó y de donde salieron.

* Belisa es un nombre ficticio, aunque el personaje y la historia son totalmente reales