04 marzo 2012

El decimotercer trabajo de Hercules: Comprar un carro nuevo en Venezuela

Es muy conocido el episodio mitologico en el que Euristeo asigna a Heracles (o Hercules) doce trabajos aparentemente imposibles de ejecutar, pero que, no obstante, el legendario personaje logra acometer .

Pues si Euristeo y Hercules viviesen hoy en dia, uno de los trabajos seria, sin duda, comprar un vehiculo de agencia en Venezuela. Lo que en cualquier pais civilizado o con una economia medianamente decente constituye un simple acto de esfuerzo monetario y valoracion practica e incluso estetica, aqui se ha vuelto una labor titanica, estresante, que saca lo peor de algunos seres humanos y pone a prueba los valores, la paciencia y la resistencia del que la intenta. Les relatare mi experiencia personal recientemente culminada con exito relativo, segun consta en la foto, quizas pueda ser de utilidad como guia para quien desee comprar un carrito de agencia... o convencerse de que mejor no lo intenta.

ESTABLECIENDO LAS CONDICIONES PRELIMINARES
Esta etapa es de mucha importancia, porque prefigura de que modo se va a sufrir durante el proceso. Basicamente existen 3 opciones:
1) Alternativa Caribe: Es la ideal para quienes ya perdieron cualquier rezago de escrupulos y conciencia, esos fardos tan inutiles en nuestra sociedad del siglo XXI. Consiste en buscarse un pana en una agencia de vehiculos (o hacerse de un pana alli, que no es tan dificil bajo el imperio de Don Dinero) y ofrecerle una jugosa comision para que consiga el vehiculo que quieres. Podemos estar hablando de 30.000, 50.000 o mas, puesto que esta opcion se ha vuelto muy popular y las tarifas han subido. En este caso quien lleva la carga mas pesada es el bolsillo, ya que lo demas suele ser facil, aunque si pretendes comprar el carro a credito, aun falta el paso del banco, donde de modo mas sutil tambien puede existir este mecanismo. Se corre el riesgo de que el pana se vaya con la cabuya en la pata, como he sabido en un par de casos.
2) Opcion revolucionaria: Es la que toman quienes no tienen problema en compra un carro de Iran, Corea del Norte u otro pais "aliado" del regimen. Perfecta para los chavistas "u-a" a quienes no les importa esperar 10 o 14 meses para obtener un vehiculo de calidad discutible, muy diferente por cierto a las Hummer, Explorers y Cherokees tan imperialistas y tan populares entre los altos personeros del regimen. Opcion vedada para quien esto suscribe por razones de practicidad y conciencia y por haber firmado en el 2003, 2004 y todas las veces que haya hecho falta.
3) El Calvario: Es lo que nos corresponde a quienes no queremos entrar por el aro de las opciones anteriores. Largos procesos de averiguacion en las agencias de toda Venezuela, atencion a rumores como "En la Toyota de Santa Elena de Guairen quedan tres Yaris, apurate" o "El concuñado de la nuera del sobrino de la suegra de un vecino dijo que ya van a llegar los Peugeot a las agencias de Tucupita, San Antonio del Tachira y La Trinidad de Orichuna, echate una pasadita" y apresto de karateka son necesarias para este proceso. En mi caso, le dije a cuanto ser viviente me cruzaba, que necesitaba comprar carro, en cierto puento ya independientemente de marcas o modelos, con la sola limitacion de que no pasase de 300.000. Y el dato llego a traves de un pariente que queria comprar el carro que yo tenia, a su vez suministrada por una compañera de trabajo cuyo hijo trabaja en una agencia. Cualquier parecido con "6 grados de separacion" es mera coincidencia.

OBTENIENDO EL CREDITO
Despues de ir a la agencia y corroborar que efectivamente el vehiculo llega en un plazo razonable (antes de que toque ingresar en un ancianato), a menos que se tenga como pagar el carro "al brinco rabioso", corresponde pedir un credito en el banco. En mi mente ingenua, el banco analiza una serie de parametros y decide si otrogar o no el credito. La realidad con la que me encontre fue mucho mas visceral. Primero, habian negado el credito y luego, en un extraño gesto de magnanimidad o no se que, fue aprobado de inmediato al preguntar los motivos por los que habia sido negado. Debo reconocer que tuve suerte. Como recomendacion, sugiero utilizar el banco "de toda la vida" donde conozcan al cliente y no le pidan requisitos insolitos como el certificado de vacuna contra la rabia o la declaracion de impuestos de hace 5 años.

EL TORTUOSO PROCESO DE ESPERAR EL CARRO
Ya entregados los papeles, ahora la modalidad es pagar el carro antes y esperar a que la conjuncion de los astros u otros factores desconocidos permita que la agencia te lo entregue. En mi caso tuve que esperar exactamente 22 dias, que no fueron mas gracias a la peleadera continua y la llamadera fastidiosa. Primero, me obligaron de manera sutil a comprar una cantidad de accesorios que en mi vida se me hubiese ocurrido instalarle al carro, como vidrios blindados, sirena de ambulancia, asientos de cuero, escape cromado y otras sultilezas carisimas que duplicaron el valor del vehiculo. El razonamiento fue "el carro ya viene asi, y si usted no lo quiere comprar asi, hay cientos de personas que si... y hay muy pocos carros, entiende?". Si, ya se que existe el Indepabis, pero yo soy empleado y cuido mi trabajo. No tengo tiempo de andar pidiendo permisos e invirtiendo horas en reclamaciones y llenado de papeles sin ninguna garantia de lograr nada, asi que por este aro si entre. Luego, el catalogo de excusas insolitas para la demora incluia lo siguiente "No venga hoy a firmar, porque la impresora se daño, yo le aviso", "Los papeles no se han enviado al banco porque la firma autorizada aun esta de vacaciones", "Hoy no le podemos informar cuando le entregamos su carro porque el que maneja esa informacion no vino", "Hoy no se puede llevar el carro porque el vendedor no vino"... todo en un alarde de creatividad inesperado.

Por supuesto, acciones logicas como elegir la marca, modelo y color del carro quedan eliminadas ente este panorama de escasez y componenda. Compre lo que habia. Un Fiat Siena color plata, que no esta mal, pero no era exactamente lo que queria (aunque reconozco que es una muy buena compra).

Y lo mas importante: Lo logre sin traicionar mis principios ni lamerle las botas a ningun uniformado semianalfabeta. Y en la Venezuela actual, lograr algo en esas condiciones es un merito digno de Hercules.

01 mayo 2011

El límite de lo políticamente correcto

Cuando niño, me chocaban las películas de vaqueros, tan predecibles ellas. Todos los blancos eran buenos, todos los indios eran malos, excepto aquellos que se alineaban con los blancos. Punto.

Después empecé a descubrir ese esquema en las telenovelas, aunque ya no con carga cromática, en las películas de kung fu... después en las canciones de protesta, hemipléjicas de origen, y en muchas otras fuentes de información. Y yo, con febril candor juvenil, soñaba con una humanidad donde esos límites se borraran, donde prevaleciese la esencia bondadosa del ser humano más allá de lo aparente. Y admiraba a figuras reivindicadas como María Magdalena, y cantaba con Palito Ortega "yo tengo fe que todo cambiará / que triunfará por siempre el amor / yo tengo fe que siempre brillará / la luz de la esperanza no se apagará jamás"

Por eso, cuando a mediados de los 80's empezó esa ola de lo políticamente correcto, me pareció genial. Que bueno que ya no hubiese que decir mocho, tuerto, oligofrénico o sordo sino "persona con discapacidad" o mejor aun "persona con capacidades diferentes". Y ya quedaba abolido el término "negro" para ser sustituído por "afrodescendiente", la ramera era ahora una "trabajadora sexual", el violador de menores un "desadaptado" y así sucesivamente.

Pero la cosa empezó a pasarse de la raya. Entonces a estas alturas, ya está mal visto decir "el perro es el mejor amigo del hombre", y toca decir "los perros y las perras son los mejores amigos y amigas de los hombres y de las mujeres". Y ni se nos ocurra hablar de aborto. El término correcto es "Interrupción del embarazo", aunque lo haya practicado una comadrona en Cúcuta con un gancho de ropa doblado o se haya provocado tomándose una malta caliente con raíz de perejil; asimismo, casi ningún viejo permitirá que le digamos anciano en lugar de "ciudadano de la tercera edad".

Podría seguir dando miles de ejemplos, risibles algunos, pero el punto es el siguiente: Creo que esta exageración de la corrección política nos está llevando a perder los referentes morales y de conducta. Ese pensar que todo vale, que todo es justificable, termina muchas veces enredando todo a tal punto que resulta imposible discernir lo justo y lo correcto. Recuerdo una valla que alguna vez mandó a colocar en Valencia el gobernador oficialista y militar Acosta Carlés (el del eructo). En dicha valla se sugería enfáticamente a las mujeres "no usar ropa provocativa para no provocar a los violadores". Esta criminalización de la víctima solo es posible bajo la lupa de la hiperbolización de lo "políticamente correcto". El violador justifica sus actos bajo la premisa de que la mujer llevaba una prenda provocativa. Y si bien la mayoría de los humanos es capaz de refrenar sus impulsos, el no, ya que el es diferente. Y como es diferente, pertenece a una minoría y por lo tanto merece respeto. Y por eso, no se le puede criminalizar por dar rienda suelta a sus impulsos sin ningún freno, por que el es diferente. Y por tanto, la culpa no es de el, sino de la mujer que usó el atuendo en cuestión.

Coincido con Vladimir Volkoff en considerar que esta exageración de la corrección política nace de la decadencia del espíritu crítico de la identidad colectiva, y pienso que el fenómeno se da a escala global. Solo que en Venezuela el hecho se da al revés. Quienes verdaderamente deberían manejar un lenguaje políticamente correcto, es decir, los asambleístas y el poder ejecutivo, hacen todo lo contrario; insultando y descalificando automáticamente a todo el que se salga un ápice de (o tenga la desfachatez de oponerse a) las líneas del pensamiento único del "máximo líder".

Macondo, 100% Macondo, diría un dilecto amigo.

27 febrero 2011

Palabras Obsoletas (1)

Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en “técnicos de superficie” a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer ‘outsourcing’ de recursos en lugar de subcontratar gente.

Así promocionaba la Escuela de Escritores de Madrid, en 2007, un programa de apadrinamiento para rescatar palabras en desuso. Llama la atención que en pleno exorcismo de extranjerismos, se cuela la palabreja "outsourcing". Parece hecho a propósito... pero en fin, el objetivo de este post no es sacarle los trapitos al sol al texto citado, sino comentar mi experiencia personal con palabras que surgen y desaparecen a veces de forma tan veloz que apenas dejan recuerdos en el colectivo, y tiene que venir alguien con algo de tiempo libre y buena memoria para las cosas inútiles (como quien suscribe) a resucitar su presencia.

No pretendo convertirme en un émulo del grandioso Angel Rosenblat, quien hizo seguimiento y publicó de forma tan amena que casi resulta festiva, obras sobre el particular modo venezolano de hablar castellano, pero sí refrescar algunos términos que formaron parte de lo que oía y decía en mi niñez y adolescencia, y hoy solo son utilizadas por nostálgicos en ocasiones muy especiales. Así que, sin orden específico, como dicen cuando nombran las finalistas en los concursos de belleza, ahí van:
BALURDO: En los setentas tempranos, quien no usara esta palabra, era un balurdo... o un pureto (ver siguiente entrada). Lo balurdo definía todo lo opuesto a lo que se consideraba en boga, positivo, chévere (otra palabra inventada, pero de respetable trayectoria). Que un adolescente tuviese el cabello corto era balurdo, criticar el uso de las drogas recreativas era balurdo, la política era balurda, si fulanita era muy conservadora entonces fulanita era una balurda... en fin, que parece que la palabra terminó siendo balurda en si misma a finales de los setentas, hizo autofagia y fue olvidada. Hoy solo lo usan los graduados de la ULA en los setentas y los mariguaneros viejos.
PURETO: Otra palabreja de la jerga juvenil sesento-setentosa. Aludía principalmente a los padres, pero se empleaba para definir a los adultos o a quienes actuasen como tales, sobre todo si mostraban una actitud conservadora o alejada de las psicodelias de la época. Eventualmente devino en "Pure" (con acentuación grave) de modo que "el pure" era el papá y "la pure" la mamá; inclusive empezó a tener ribetes de cariño. Todavía hay quien la usa, sobre todo las émulas de Laura Pérez la sin par de Caurimare que se quedaron varadas en 1983.
CACHEPE / LA CATEDRA / PEPEADO: En los sesentas, las cosas estupendas podían recibir tres calificativos "La Cátedra", "Chévere" o "Pepeado". Así, se podía decir que fulanita preparaba un arroz con pollo que era La Cátedra, que el arroz con pollo estaba Chévere o que le había quedado Pepeado. Alguna mente brillante de la época inventó el término "Cachepe" para unir la CAtedra con CHEvere y PEpeado. De todo este barullo lingüístico, Chévere es la única palabra que sobrevive, quizás con presencia asegurada por unos años más. Los demás términos solo podrían utilizarse en parodias o en películas de época.
BONCHE: Aún recuerdo como si fuera ayer el día de 1985 en que Mayira Camacho, una compañera de la Universidad, me explicaba que en Colombia nadie decía "vámonos a bonchar" o "estaba en un bonche", ya que ese término tenía allí implicaciones de golpiza. Allá se usaba "vamos a rumbear" o "estaba en tremenda rumba". Muy poco tiempo después, como si Mayira fuese una pitonisa, el reinado absoluto del bonche en el vocabulario juvenil y adulto empezó a ser sustituído por la rumba, hasta erradicarlo casi por completo a medidados de los noventas. Hoy en día la única forma de que se hable de bonche, es evocando alguna fiesta antigua y memorable. No se si la impactante figura de Fedra López, bailarina principal de "Juan Carlos y su Rumba Flamenca" tuvo algo que ver en esta metamorfosis tan acelerada, ya que justo por aquellos años fue su época de gloria. Pero como diría Oscar Yánez, "así son las cosas".
PROPIO. "Charito es la propia" era el slogan de la candidata al reinado de la FISS 1982 Charito Reina, quien a pesar de su apellido tan propiciador, fue primera finalista. Pero el slogan retrataba un curioso uso de la palabra en cuestión. Lo propio en los ochentas era los cachepe de los sesentas. Ese pantalón te queda propio, el paseo aquel estuvo propísimo, menganita se ve más propia desde que se hizo la permanente... era la palabra que definía el deber ser según los cánones del gusto imperante; en oposición a lo chimbo, que era justo lo contrario. Curiosamente, el término chimbo pervive, mientras que éste uso del término propio despareció por completo en los noventas, siendo sustituído por "fino" que aún permanece.
ENCHAVE: Aunque hay notivos de sobra para pensarlo, esta palabra no data de 1999 sino de principio de los ochentas. Decir "que enchave" era una forma elegante de decir "que cagada". Enchavar algo era arruinarlo, llevarlo de un estado "propio" a un estado "chimbo". Si alguien andaba con el ánimo por el suelo, estaba enchavado o tenía encima un enchave. Ya a finales de los ochentas, nadie lo usaba. Aparentemente el término surgio de "El Chavo", quien se cansó de hacer chapuzas en su programa televisivo, y no del apellido Chávez, uno de cuyos detentantes también tiene tiempo haciendo chapuzas. A la luz de esta realidad, valdría la pena rescatar este término, por pertinente.
PERDER EL GLAMOUR / DEJAR LA PELUCA: Estas no son palabras, sino frases que aludían a situaciones específicas y que se repetían incesantemente en la transición ochentas - noventas. Entonces uno escuchaba cosas como "pues me caí, pero no perdí el glamour" / "mijita, no vayas a decir ninguna mala palabra, que pierdes el glamour" / "tengo media hora esperando a fulanito... yo creo que me dejó peluca" / "venía encaravanado con zutanejo, pero a ese como le pesa tanto la pata se adelantó y me dejó peluca". Erán frases muy expresivas, con un uso incentivado además por su utilización en telenovelas de la época, menú televisivo casi obligado ante la inexistencia del TV Cable, y que fueron sustituídas paulatinamente por expresiones menos pintorescas, al punto que ya casi no se usan. Desconozco el origen de "perder el glamour", pero "dejar la peluca" deriva de "dejar el pelero", frase que se aplicaba originalmente a la actuación de algunos galanes de turno que, una vez logrado el ensabanamiento de la fémina en cuestión, desaparecían a la velocidad de la luz, aparentemente dejando apenas algunos rizados vellos en la cama como recuerdo.
Y como este post ya se está tornando algo largo, volveré pronto con una segunda parte.

16 noviembre 2010

Divagaciones sobre las bibliotecas

Los estantes llenos de libros siempre me han parecido interesantes pero abrumadores, contentivos en si mismos de la evidencia de que jamás se podrá digerir todo el contenido que allí se atesora. Pero hay bibliotecas (entendiendo esta palabra como “depósito de libros”) que, por familiares, resultan más cercanas, más gratas; incluso acogedoras. Y se me ocurre pensar… que triste debe ser una casa sin al menos un estante de libros… o lo que es peor, con una biblioteca llena de libros que nadie lee.

Casi todos los recuerdos de mi niñez y adolescencia entroncan de algún modo con los libros. Ya sea las aventuras de exploración dentro de las estanterías de casa, las lecturas en la silla de extensión explayada en el patio con aroma a limonaria, higos y romero, o, en el más simple de los casos, con el trasfondo de mi viejo leyendo horas y horas mientras la vida cotidiana (coletos, vecinas chismosas, sonidos de la calle...) pasaba por un lado sin rozar su nirvana.

Al regresar a casa paterna luego del sepelio de papá, se encontraba un libro abierto con sus lentes de lectura posados sobre las páginas. Esa es la impronta que conservo de mi viejo, más que su cara dentro del féretro (que nunca quise ver)

En todas las casas donde he vivido, hay material de lectura en todos los aposentos. Estantes en salas y habitaciones, libros de cocina junto a los fogones, revistas sobre el WC. Eso me hace sentir que vivo en una biblioteca gigante, con el confort sicológico que ello conlleva. Haber vivido en un contexto eminentemente restrictivo, donde la lectura era una de las cosas que no estaba prohibida (incluso los libros "para adultos") y donde el dinero para comprarlos nunca se escatimaba, me hizo valorar este hábito como un viaje a la utopía posible.

Reconozco las bondades de los libros electrónicos, pero igual disfruto de la experiencia multisensorial que deriva de tomar un viejo libro entre manos, palpar la textura de su lomo y páginas y captar su aroma a guardado antes de proceder a devorarlo febrilmente con los ojos

Siempre me pareció detestable, enojosa e inútil la costumbre materna de colocar un batiburrillo de objetos horrorosos y cursis (recuerdos de primera comunión, miniaturas de bronce, mantelitos tejidos…) delante de los libros. Muchos años después, entiendo que es la forma que tiene mi madre de rendirle culto a un mundo que ella apenas conoce, pero que respeta profundamente, por haber sido la forja del hombre que ella amó.

Hace unos días visité a mi madre, y estuve explorando la ingente cantidad de libros que acumuló y leyó mi padre a lo largo de su vida. De esa experiencia vienen estas líneas.

01 agosto 2010

Mi amor por las tajadas

Ya se les diga tajadas o "fritas de maduro" (como se les llama en mi tierra tachirense) pocos manjares me resultan mas deliciosos que este. Las prefiero blanditas y muy dulces, preparadas cuando ya la concha del plátano esta negra y a su alrededor pulula la drosophila melanogaster, aunque también me agradan duritas, poco dulces, hechas con el plátano pintón. Esta delicia, barata y recursiva, va asociada a dos recuerdos muy gratos de mi vida.

Quizá el recuerdo más antiguo que tengo va asociado a las tajadas. Evoco claramente ir avanzando acompasadamente, con el piso frente a mi mostrando la textura del cemento pulido amarillo, luego subir un escalón en cemento rugoso pintado de rojo carmesí, para luego transitar las baldosas de terracota desgastadas y de superficie irregular. Iba gateando, guiado por un delicioso olor que emanaba de la cocina, en una tarde soleada y tranquila. Recuerdo haber pasado a ese recinto de placeres, la cocina, con su piso grisáceo de cemento, y haberme acercado a las piernas de mamá, muy blancas y gordezuelas, con la presencia eventual de algunos cañones. El olor se hizo más fuerte, mi mamá freía tajadas. Me sujete a sus piernas y me puse de pié (según recuerdo, no era la primera vez que lo hacía) y mire en contrapicado el cuerpo de mi progenitora, increiblemente esbelto comparado con mis recuerdos posteriores. En ese momento mamá soplaba (para enfriarla, supongo) una tajada, pequeña, dorada, brillante, que sonriendo acercó a mi boca e ingerí con fruición. Aún el recuerdo me acerca al nirvana. Esa explosión de dulzura untuosa, suave y firme, dúctil y fibrosa a la vez, quedará marcada en mi mente hasta el último de mis días.

El segundo recuerdo imborrable es más reciente y racional, y como sucede en la adultez, menos bucólico; aunque en este caso, coronado por un felicísimo final. Me encontraba en Barquisimeto, realizando mis pasantías en el Ince Construcción. Por cuestiones administrativas, mi primer sueldo de enero de 1990 recién iba a ser cobrado en febrero de ese año, por lo que tendría que pasar todo el mes sobreviviendo con el dinero que tenía guardado, vale decir, casi nada. No tenía a quien recurrir, me daba vergüenza pedirle dinero a mis padres o hermanos, no conocía a nadie que pudiese darme un trabajo eventual, como las clases particulares o los turnos de cajero de heladería que constituían mi fuente de ingresos usual en San Cristóbal. Cierto sábado, tenía dos días sin comer. Me atormentaban imágenes de enormes platos de canelones de ricotta con espinaca, de chuletas de res rezumando jugo sobre las papas fritas, de muslos de pollo tamaño pterodáctilo horneados y festoneados de pimentón y, por supuesto, de un gargantuesco plato de tajadas bien maduras espolvoreadas con queso rallado. Trataba de dormir, para acallar el hambre, y soñaba con ñoquis, helados, pizzas y hamburguesas, y el sueño se transformaba en sudorosa tortura. Sólo, en esa casa huera y desangelada, escuché el timbre de la puerta y abri malhumorado. Era Natalia*. a la sazón novia de mi hermano mayor, que venía a pedirle que la ayudara retocando la pintura del techo de la cocina de su casa, manchado con las caraotas que se esparcieron por todo el recinto cuando explotó la olla a presión. Me ofrecí a ayudar, para distraerme un poco. Y no se si la chica en cuestión notó mi mirada famélica, o si fue una estrategia de mi hermano. El caso es que mientras yo pintaba, ella trasteaba en la cocina. Y al final de la labor, me ofreció lo mas excelso, lo más exquisito, lo más noble, lo mas deseado (al menos por mi) que una mujer puede ofrecer a un hombre: Un enorme plato de tajadas doradas y blanditas, espolvoreadas con queso rallado.

* Pesudónimo

13 junio 2010

Séptimo Día

La literatura, la música, la tradición oral, están llenas de alusiones positivas al día domingo. Se relaciona con descanso, pero también con alegría, paseos, risas, jolgorio, diversión bajo el sol, deporte, unión... casi que es imposible pensar que si se es niño, y es domingo, no pueda pasar nada que no sea maravilloso, el clímax de la felicidad, un colorido nirvana de alborozo.
Mis recuerdos de los domingos en mi niñez son totalmente opuestos a todo eso. Odiaba la llegada de ese día, porque despues de las 9:30 a.m. cuando culminaba el capítulo de "Patrulla del Espacio", que era la única cosa interesante para mi que ocurría, comenzaba el goteante y cansino transcurrir de las horas en medio de un aburrimiento agobiante, el día transcurría sencillamente deseando que llegase el lunes para asistir al colegio. ¿Suena insólito? tal vez si describa un poco el ambiente de esos domingos pueda tener sentido tan anormal conducta.
Provengo de una familia matriarcal, controladora, castrante y represiva, con una madre todopoderosa que imponía su retorcida visión de la vida a todos los miembros de la familia (incluyendo a la fámula de turno) y un padre trabajólico para quien los fines de semana eran sinónimo de estarse echado en cama o en un sillón, en piyama, leyendo y dormitando. Yo no tenía lista de prohibiciones. Tenía lista de permisos, que era mucho mas corta. Todo estaba prohibido. Jugar en la calle, tratar otros niños que no contasen con la aprobación materna, mojarse, hacer ruido, correr... para jugar con algo tenía que pedir permiso, y si las visceras de la todopoderosa matriarca no estaban en vena para ello, pues no se podía jugar con ese juguete, porque era peligroso, o no era debido, o la familia estaba de luto, o simplemente "por que no me da la gana".
Los domingos, por algún motivo, siempre eran calurosos e hipersoleados, hasta la intoxicación. Vivíamos en una casa fea, desgarbada, kitsch, introspectiva, con solo una ventana al exterior (que por supuesto, siempre estaba cerrada) e improvisados huecos entre los tejados, por donde se colaba una luz solar antipática, amarillenta, exasperante, que resaltaba lo paradójico de tener tanta iluminación sin siquiera poder aspirar a una vista exterior. La actividad obligada del domingo consistía en zamparse un opíparo almuerzo y luego calarse la seguidilla de spaghetti western repetidos que constituían el menú vespertino único de la televisión de los 70's, todos sentados muy derechos en la sala de la casa, donde su majestad, un televisor Zenith blanco y negro, reinaba como lugarteniente único del matriarcado. Los predecibles diálogos del esquema vaquero-blanco-bueno e indio-malo eran matizados por el murmullo de las canciones de Elio Roca, Jairo o Palito Ortega que la mucama escuchaba en un radiecito de pila mientras planchaba en un rincón de la sala (no se les permitía salir los domingos, ya que "podían salir con una barriga"), actividad que a mi se me antojaba incluso mas divertida que ver por trigésima quinta vez "Por un Puñado de Dólares" o "El Bueno, el Malo y el Feo". Sin embargo, las lágrimas silenciosas de muchas de las servidoras revelaban lo poco grata que resultaba la tarea.
En ese rígido universo donde todo era acartonado, desde los cuellos almidonados de las camisas hasta la postura que había que adoptar en el sillón, cualquier ruptura de la rutina era bienvenida. Una visita, un temblor de tierra, un ventarrón que derribase la antena, una invasión de hormigas aladas, eran sorpresas bien recibidas que aportaban algo de variedad a ese día que no puedo imaginar de otro modo que una tortura color sepia. Cuando el domingo llegaba a su fin, y se aproximaba el lunes, yo agradecía el hecho de que pronto podría conversar con mis compañeros de clase y escuchar las enseñanzas de la maestra, mucho mas entretenidas que los diálogos de esos previsibles filmes.
No niego que alguna vez hubo algún paseo, alguna visita al parque, alguna invitación a una piñata o reunión, pero ello ocurría con tan poca frecuencia, que el mal recuerdo de esos domingos aburridos solapa cualquier variación. Yo me preguntaba como sería la vida de aquellos niños cuyos padres jugaban beisbol o futbol con ellos, o que pasaban el dia en la calle, jugando metras o trompo con sus vecinos. Ahora que recuerdo, creo que papá jugo ajedrez un par de veces conmigo, e incluso me atrevería a decir que una vez, jugamos monopolio, cuanto yo tenía como 8 años.
Para escapar del agobio, me aficioné a la lectura, y no era raro que devorase un libro completo cada domingo. Despues de haber hecho la primera comunión, asistía regularmente a misa, actividad que me parecía mas divertida que la sobredosis de mala televisión, quejas y caras largas que predominaba en casa. Además, podía ver gente, paisaje urbano, visiones mas amplias que el cuadrito de cielo que desde casa se vislumbraba entre techo y techo. Con los años la situación se fue atenuando, la dictadura se fue suavizando (nunca llego a la normalidad, pero en algún momento se hizo soportable), la programación televisiva se fue diversificando, y fueron apareciendo opciones para los domingos, como estudiar o trabajar. Incluso nos mudamos a un apartamento donde empecé a disfrutar del hasta entonces inédito placer de tener una ventana en mi cuarto. Pero aún no he logrado borrar esa correlación entre domingo y aburrimiento, que de vez en cuando consigue motivos para reafirmarse.

20 abril 2010

Vuelta a la Patria (chica)


No se si fue por el clima benigno, la agenda relajada, el amor de la familia, la alegría de ver a viejos amigos, la sorpresa de descubrir edificaciones y desarrollos urbanísticos que desconocía, la buena compañía o una combinación de todo. Pero esta vez realmente disfrute de mi viaje a San Cristóbal. Quizá este opinando desde la emotividad, pero percibí muchos cambios en la urbe con respecto a mi última visita, en 2008. Aquella alegría inmanente que se respiraba en los 80’s y que parecía haberse desvanecido, las caras sonrientes y la actitud cordial que según recordaba, iban desapareciendo; el boom de la construcción, inédito desde inicios de los 90’s, y una especie de renacer y acendramiento del sano regionalismo, o mas bien sentido de pertenencia, que se refleja en el exhibir con orgullo la franela del Deportivo Táchira o en el permanecer del “usted” en el tratamiento, por citar dos ejemplos.

Fue también un alivio transitar por las calles sin sentirme amenazado por los cornetazos y el reguetón a todo volumen, y por el sempiterno culto a la imagen y mensaje de odio que cultivan Esteban y sus focas. Un apreciado amigo me dijo que todo esto ocurría a costa de la contaminación (que verdaderamente la hay)… pero viniendo de Caracas, casi cualquier lugar de Venezuela parece descontaminado, silencioso, y de tránsito fluido. Otro amigo me dijo que de alguna manera, el cambio en la gestión gubernamental se notaba, y me pareció lógico. Es que si revisamos el historial de gobierno del Táchira (un paquidérmico militar al que solo le interesaba llenar sus bolsillos, precedido por un tiranuelo émulo de esteban, precedido por un grisáceo inoperante, precedido por un desubicado con complejo de star system) veremos que no ha habido mucha suerte en este estado para elegir a su gobernante; así que esperemos que el actual ocupante del Palacio de Los Leones siga por buen camino, a pesar de que lo dejaron sin recursos para dárselos al virreinato paralelo que reporta directamente a Caracas (o a La Habana).

En resumen, fue un viaje que repetiría sin pensarlo dos veces. Detalles menores, como la bulla de los adolescentes cincuentones del festival de motos de alta cilindrada (o algo así) o el retraso de 5 horas en el vuelo de Conviasa, no opacan la brillante impronta de estos días de reencuentro con mi ciudad, mi familia, mis amigos, mi idiosincrasia, y sobre todo de reencuentro conmigo mismo