11 septiembre 2016

Un corazón delator 13 años despues

Siempre me ha gustado escribir tanto como leer. Ahora lo tomo como reto o diversión; en otros momentos de mi vida fue catarsis o estrategia para parecer más interesante (ingenuo yo, que no había descubierto que a esas edades, lo que hace a los hombres interesantes es el músculo, el bronceado y el dinero). Tal vez en el futuro sea fuente de ingresos, o al menos a eso aspiro. Recuerdo a los 17 o 18 años escribiendo textos inspirados en los relatos de ciencia ficción que leía, a mano son bolígrafo sobre hojas de cuaderno. Alguno de ellos queda por ahí. Antes solía escribir invectivas contra las personas o cosas que me hacían la vida un poco pesada, usualmente mi madre o algún condiscípulo: estas cargas concentradas de veneno plasmado en letras se autodestruían (en mis manos) a los pocos días.

Ahora, que estoy en fase de cierre de ciclos y de "dejar ir" que llaman, pues me he tropezado con algo que escribí en 2003. Y no quise dejarlo ir. No tenía título y aún no lo tiene, y aunque habla de un corazón delator (como el de Poe y el de Soda), no creo que pueda cometer el sacrilegio de llamarlo así. De modo que con o sin título ahí va:

Lo peor no era el olor a ajo, a orín y a madera podrida que imperaba en la oscura estancia; lo suficientemente clara, no obstante, para que el extraño –siempre uno por sesión- pudiese admirar el imponente cuerpo de Aquel antes del acto.

Lo peor, estoy seguro, tampoco era el retumbante sonido que parecía provenir de todos lados, quizás de unas cornetas ocultas tras alguno de los indistinguibles objetos que colmaba el recinto, la misma canción una y otra vez, imposible de determinar si era vieja o nueva, inidentificable para casi todos los fugaces invitados.

Aunque en un momento podría parecerlo, lo peor tampoco era el canturreo que provenía de no se sabe donde. Con una bronca voz, que solo tras un gran esfuerzo –para quienes querían hacerlo, que no eran muchos- lograba asimilarse con la letra de la canción eterna, del exasperante ritornello, que no cesaba (como tampoco cesaba el canturreo) ni en los grotescos preliminares, ni en el máximo fragor, ni en el asco (o miedo, o las dos cosas) posterior. Después de eso, imposible que el visitante lo supiera. Tampoco importaba, de cualquier modo.

Muchos sentirían que lo peor era la creciente violencia con la que eran tratados en un acto que exige algo de delicadeza, esa insólita sensación de entrañas reventadas –las propias- ese indeseado momento en que el dolor le gana la carrera al placer, en el que se anhela sentir las contracciones que conducen a la liberación del suplicio y que, al fin y al cabo, son el motivo último y único que llevó al huésped ¿o debo decir a la víctima? al sórdido altar de pasión y sacrificio.

Para otros, tal vez los más sensibles, lo peor era darse cuenta de la subrepticia presencia del otro convidado, el de piedra, el que no habla ni se mueve, del que solo se ve su ojo –en noches excepcionalmente claras se logran ver los dos- resplandeciente y ávido. Algunos, aturdidos por la bebida, la droga o el morbo, disfrutan de la presencia del otro. Otros temen. Alguno vomitó, creo. Pero ninguno pudo escapar.

Los que hasta entonces habían resistido, terminaban desfalleciendo al sentir primero el rápido movimiento de retroceso, y luego ver que la herramienta preciada que hasta entonces medraba en las cálidas cavernas de innombrable anatomía, pasaba a ser alimento y golosina del otro, quien con fruición exprimía y tragaba hasta la última gota de lo que sobre ello estuviese posado y desde ello fluyese. Entonces ocurría el guiño pueril en el ojo del otro, que podía interpretarse como escarnio, burla o placer. Casi siempre esto era lo peor.

Este era perspicaz y astuto, ligeramente ilustrado y mayor (aunque no parecía) que el común de los elegidos. Había leído (entre otros) a Poe y a Borges y había escuchado (entre otros) a Soda. Por eso para este lo peor fue perderle el gusto al fragor del encuentro al verse iluminado por la absurda y banal –pero no por ello menos horrible- paradoja de estar escuchando “Corazón Delator” mientras se trenzaba en una lucha visual con el ojo vivaz (esa noche se veían los dos) del otro. Tal vez por ello (o solo por ello) Este, escurriéndose por pasadizos y viviendo peripecias dignas de otro relato, cambiaría y contaría la historia.

Capturado Aberrado Sexual en Barrio Creta (Prensa Local).- Un asustado joven de 17 años, cuyo nombre se reserva por razones legales, dio parte a la policía de un curioso relato que motivó la captura de un presunto desviado en el sector “Barrio Creta” de esta ciudad. El ya bautizado popularmente “monstruo de Creta” solía visitar los parajes donde pululan malvivientes y los bares de mala reputación plagados de invertidos sexuales en esta bucólica localidad, donde acostumbraba seducir y llevarse a un joven efebo para dar rienda suelta a su morbosa obsesión sexual, inmoral e impublicable. El sátrapa había construido una suerte de laberinto en el sótano de su elegante vivienda, donde solía someter a sus inocentes víctimas a toda clase de vejámenes sexuales, para luego asesinarlos con un filoso cuchillo y dejar sus cadáveres pudriéndose en el sitio. Un cuidadoso examen practicado por las autoridades arrojó la presencia de mas de 35 cadáveres en distintos grados de descomposición. Por otra parte, el inhumano criminal mantenía retenido en ese sótano a un anciano cuyo parentesco con el indiciado se ignora. El anciano no ha podido aportar mayor información, y aunque se nota bien alimentado, su afasia y el hecho de ser ciego de un ojo indica posibles maltratos ocurridos tiempo atrás.

En el laberíntico sótano fueron encontrados diversos objetos de variopinta procedencia, incluyendo un laptop conectado a unas enormes cornetas, cuya única función parecía ser reproducir una y otra vez el único archivo hallado en el disco duro del equipo, corazon_delator.mp3.


El presunto criminal carece de todo tipo de identificación y aparentemente se encuentra en pleno dominio de sus facultades, si bien al ser interrogado sorprendió a las autoridades policiales de esta localidad con su declaración. Cuando se le pregunto su nombre, respondió “Me llamo Asterión. Puede llamarme Minotauro, si gusta”.