29 abril 2009

La cinta métrica o un motivo para tener fe


Imaginemos una adolescente seleccionando cosméticos: Busca, inquiere, indaga, visita 5 o 6 comercios, pregunta y repregunta hasta conseguir el producto específico, que le de a su piel o a su cabello el tono y textura exactos, que tenga el aroma, consistencia e imagen que siempre busco, de marca reconocida y que sirva para impresionar a sus coetaneos(as).

Esa misma pasión la puse, hace pocos días, para comprar una cinta métrica. Consegui el modelo ideal: 7,5 mts. (mas larga tienden a enredarse), retorno automático, escala en cm. y pulgadas por ambas caras, y doble gancho con imán en el extremo. Una maravilla; por supuesto más costosa que las cintas métricas comunes, pero muy operativa y (por supuesto) muy eficaz para dejar boquiabiertos a colegas, ingenieros, maestros, albañiles y obreros. De modo que cuando se presentó la oportunidad de efectuar un viaje laboral relámpago a los centros de distribución de Barcelona y Maracaibo, lo primero que zampé en el maletín (solo llevaría equipaje de mano) fue la cinta de marras.

Mi ilusión recibió un balde de agua fría en el aeropuerto. Una funcionaria con cara agria me informó que esos objetos no podían llevarse en el equipaje de mano, por no se cual regulación (otra que le debemos al extremismo islámico). La aerolinea se negó a despacharmela en el vuelo, ya que no llevaba equipaje, salvo el bolso de mano. En el aeropuerto de Maiquetía no existe servicio de consigna. Y de ningún modo iba a dejársela a los funcionarios. De modo que las opciones eran : regalarla, destruirla, o perder el vuelo.

Alguien en la aerolínea me sugirió "déjesela a Norato, el que embojota maletas, que tiene fama de honesto". Hablé con Norato, quien se encargó de reiterar que el no se llamaba Honorato sino Norato, y me recalcó que me quedase tranquilo, que el me guardaba la cinta. Así que le consigné la cinta al susodicho, separándome de ella como la uña que se separa de la carne.

Luego del acelerado periplo (en el cual, por supuesto, eché de menos la cinta métrica), volví al día siguiente y me topé con Norato. Le recordé lo de la cinta y dijo "Ah.... Claro! la cinta!... la dejé en casa, pero yo vivo cerca. Ya se la busco" Mal pitido. Me sonó a que el fulano se había olido el enorme valor de la herramienta, y la había guardado pára si. Pero ya que estaba, y no tenía tanto apuro, decidí esperarlo.

Cuando ya estaba apunto de irme, petrificando mi creencia en que el 99% de los venezolanos somos deshonestos, y que nada nos caracteriza más que ese caribismo, esa odiosa viveza criolla que tan visceralmente detesto... se aparecio Norato montado en un mototaxi, tremolando la cinta como si fuese un estandarte; barriendo con mis pronósticos oscuros y haciéndome pensar que, independientemente de la presencia del innombrable y su caterva de tracaleros refocilándose en las mieles del poder y haciendo rapiña con los recursos de todos, existen motivos para creer en la posibilidad de rescatar la honestidad, la nobleza, la ecuanimidad y otros valores perdidos.

Y lo mejor de todo, recuperé mi adorada cinta, que figura en la foto junto a mi hermano Walter, mi sobrina Anna Maria, su esposo Rodrigo y este humilde servidor.

4 comentarios:

Sin Anestesia dijo...

Sal,

¿Por qué siempre me haces sonreir, cuando no caerme de la silla del ataque de risa?
Eres divino.

Sí, todavía quedan algunos especímenes de esa raza en extinción y da tanto gusto cuando uno se topa con alguno de ellos, es casi como un hallazgo místico, sobrenatural...

Iceman dijo...

casi nunca comento por aca tio, pero leo tu blog con bastante frecuencia, este blog en especifico me da bastante alegria, porque ese tipo de momentos bastante extraños de cuando una persona es honesta estos dias (y por estos lares) sin ninguna razon especifica o evidente, se sienten como un aire fresco en la atmosfera de paranoia en la que hay que vivir aca y ahora. inclusive muchos de ellos son inspiracionales y uno queda impregnado de esa "buena vibra" por un buen rato.

es muy cliché decirlo tal vez,y muy improbable para que pase, pero seria lo mas depinga del mundo, si asi como la gente guarda para siempre los rencores y arrecheras webonas de las cosas malas en su vida, tambien guardaran por la misma cantidad de tiempo este tipo de experiencias, pero bueno, como dice alguien por aqui en la casa "la poca fe quita las ganas de rezar"

nos vemos pronto en caracas

bendicion!

Deneb dijo...

Hola Saldivia,
Me meto en tu blog de vez en cuando, para destornillarme de la risa y reflexionar profundamente, son esa sensibilidad exquisita que pones en tu escritura. Esta historia me recuerda una que me pasó en 2006. Ibamos con mi familia rumbo al norte de Chile. De paso te cuento que soy chilena. Nos paramos a descansar luego de horas de viaje en un poblado que no debía contar con más de cincuenta viviendas, unas más pobres que otras. Luego nos fuimos para llegar a destino antes de caer la noche. Al bajar nuestras cosas del auto, me dí cuenta que había dejado caer mi bolso con mis documentos, mi plata, mi teléfono celular, toda mi vida, en alguna parada del largo viaje de siete horas. Pues bien, unas horas después, recibo la llamada de mi papá, que me contaba que un señor lo había llamado porque había encontrado mi celular y mis cosas al lado de su casa. Y resultó que fue en ese poblado. Al otro días, volvimos a tomar el auto y llegamos frente a una casa de madera, modesta, donde me esperaba el hombre, serio y digno, acompañado de hijos, padres y esposa. Y con la modestia del que no sabe más que ser honrado, me entregó todo, sin que faltara ni un peso. Yo me deshice en agradecimientos, y si hubiese podido, le hubiese cantado alabanzas. Sólo atine a dejarle discretamente algunos billetes de un valor no menor. Y agradeciendo su bondad y rectitud, salí de esa casa como si saliera de un santuario, retrocediendo e inclinándome ante la grandeza humana de un simple campesino.
Saludos!

El pana olvidado dijo...

Que buena la historia de la cinta, imagino que por tu profesión tienes que estar midiendo los objetos todo el tiempo.

Abrazos
;)