15 octubre 2005

El heladero, una reflexión estival.

Desde niño sentí una especial conmiseración hacia los heladeros de carrito. Cada vez que oía el tintineo de las campanillas o "la marchantica" imaginaba a ese señor sudoroso, cansado de caminar kilómetros y kilómetros bajo el implacable sol ecuatorial, asediado por chiquillos hambrientos y sedientos, que pasaban de la expectativa a la decepción cuando su madre o padre no les compraban el helado que querían sino el más barato. Tan diferente esta cuadro a los comerciales de helado, donde un heladero impecable, alto y modelístico servía sus productos (siempre el mas grande y caro) con sonrisa de mac donalds a unos niños educaditos y entusiastas, una especie de miniadultos. El caso es que la presencia del heladero siempre ha instaurado en mi una especie de angustia, una suerte de vergüenza por mi vida relativamente cómoda; sensación que no desaparece ni siquiera comiéndome un helado; sino que poco a poco se va atenuando hasta subyacer en el inconsciente.

Hace poco estaba en un teléfono público en plena calle, intentando a los gritos que mi interlocutor me entendiese. Venía un heladero con un carrito de tecnología reciente, en donde un CD se encarga de repetir a volumen atronador los sones de "la marchantica". Solo eso era nuevo. El sol, la cara de agotamiento del heladero y la pesadumbre en mi, los de siempre. Pero un incidente le dió un giro novedoso al asunto. Cuando el heladero me vió hablando por teléfono, bajó el volumen en el reproductor de su carrito mientras pasaba cerca de mi. Atiné a darle las gracias, aún incrédulo por el gesto de gentileza, y el heladero sonrió ampliamente y me dijo "de nada"... y su sonrisa perduró un buen rato. Allí me di cuenta que a lo mejor ser heladero no es tan triste, ni tan pesado. Puede ser que los heladeros disfruten del paisaje urbano mientras caminan con su dulce carga. Quizás se sientan complacidos por la presencia de los niños, por muy fastidiosos que estos resulten. Tal vez su profesión les de mayores satisfacciones que a mi la mía.

Quise entonces sentirme hermanado con el heladero y decirle que me alegraba mucho de que hubiesen heladeros para mitigar facilmente los rigores estivales, que el sonido y la visión del carrito de helados está ligado a los recuerdos de la niñez de todo venezolano, que me enorgullecía tener compatriotas como el, humildes facilitadores de pequeños y vitales placeres. Pero me abstuve. El discurso del nuevo (bueno, lo de "nuevo" es un decir) paradigma político en mi pais establece que el y yo somos enemigos próximos a enfrentarnos en la arena de la lucha de clases, ya que el es miembro de la gloriosa clase obrera injustamente pisoteada por el desalmado patronazgo y yo, por ser profesional y empleado privado, aunque no tenga grandes propiedades, debo ser un abyecto lacayo del imperialismo, oligarca, disidente y contrarrevolucionario. Al considerar esto, no me pareció ya tan radiante la sonrisa de heladero ni tan cordial su gesto, y se desvaneció la sensación filial. El divisionismo ya comienza a dar sus amargos frutos, por lo visto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Los heladeros de la zona por donde vivo son todos haitianos.

Anónimo dijo...

muy bien.
fijate uno ve esos heladeros haitianos parcos, serios, les hablas y resultan ser muy agradables, están como que esperando que alguien les hable.

siweb dijo...

Me alegra ver su dedicatoria hacia nosotros los heladeros, yo vendo en una playa del oriente los fines de semana, es un trabajo muy duro, digamos que extremo pero muy bien recompensado a nivel emocional debido a que no tengo responsabilidades ni estrés durante la jornada, paso el día produciendo de manera tranquila a veces sentado en un toldo con una cerveza y conocidos que encuentro frecuentemente. He llegado a caminar hasta 12km en un día lo cual me mantiene en optimas condiciones físicas. este trabajo es bien aceptado, los niños me miran con mucha ilusión y siento que me respetan los visitantes, quizás sea por la compasión que menciona usted y le entiendo porque hay que ser atleta y voluntarioso para optar por esta labor. Sin embargo hay otros que le incomoda el alto costo del helado lo cual se debe al hielo seco y logística que implica llevarles ese servicio en tales condiciones como lo es el transporte, vacuna para que te dejen trabajar, colaboraciones a niños q no pueden pagar, comida, permiso de la alcaldía, helado que te comes para reponer calorías y otros adicionales que el usuario no lo ve y creen que uno debe vender al mismo precio de una panadería. Es importante recalcar que cuando un heladero le cobre un adicional por precio establecido tomen en cuenta q hemos caminado muchos km para poderles vender ese gusto y que con nuestro sudor esta mas que ganado. Saludos

Saldivia dijo...

Siweb, gracias por tu comentario. De lo que dices me parece triste es esto "vacuna para que te dejen trabajar", que lamentable que la corrupción se haya instaurado en nuestra sociedad venezolana como algo normal que se acepta y con lo que se lidia. Sin embargo, te felicito por la alegría y ánimo con que emprendes tu labor, ojalá todos tengamos ese espíritu!